Palabra Clave (La Plata), abril - septiembre 2026, vol. 15, núm. 2, e281. ISSN 1853-9912Artículos de temática libre
El primer esfuerzo por enseñar Bibliotecología en Entre Ríos (1926-1935): Eugene Irving Mohr y su obra Elementos de Biblioteconomía
Resumen: Este trabajo presenta nuevos resultados de una investigación en curso sobre el proceso histórico de ingreso, localización y desarrollo de la Bibliotecología y su enseñanza en la provincia de Entre Ríos de Argentina entre los años 1926 y 2015. Para ello se analiza la obra Elementos de Biblioteconomía escrita por Eugene Irving Mohr en 1935 en el Colegio Adventista del Plata (actualmente Universidad Adventista del Plata) de la provincia de Entre Ríos. La escritura de este manual constituyó un primer esfuerzo por formalizar un programa sistemático de formación y fue el punto de partida de un proceso de institucionalización parcial y de cambio social en la provincia en la medida que implicó el reconocimiento de la necesidad de formar bibliotecarios con un conocimiento especializado y con ello el surgimiento de un nuevo agente social. Se propone el concepto de operación bibliotecológica para elucidar cómo entendía el autor las prácticas bibliotecológicas, la institución bibliotecaria y los dominios de conocimientos involucrados en su ejercicio. En el análisis se hace visible cómo la obra buscaba co-producir una institución bibliotecaria (en este caso la biblioteca), un dominio de saber que hace aparecer objetos, saberes y técnicas, el surgimiento de variados agentes que no existían en el medio local (el auxiliar de biblioteca y el bibliotecario) a la vez que un lector o usuario que hacía uso de la institución bibliotecaria.
Palabras clave: Enseñanza de la bibliotecología, Formación profesional, Prácticas bibliotecarias, Eugene Irving Mohr, Argentina.
The first effort to teach library science in Entre Ríos, Argentina (1926-1935): Eugene Irving Mohr and his work Elementos de Biblioteconomía
Abstract: This work presents new results of an ongoing research on the historical process of entry, location and development of Librarianship and its teaching in the province of Entre Ríos (Argentina) between 1926 and 2015. To do this, the work analyses the book Elementos de Biblioteconomía written by Eugene Irving Mohr in 1935 at the Colegio Adventista del Plata (currently Universidad Adventista del Plata) in the province of Entre Ríos. The writing of this manual constituted a first effort to formalize a systematic teaching program and served as the starting point for a process of partial institutionalization and social change in the province. It involved recognizing the need to train specialized librarians, leading to the emergence of a new social agent. It is propose the concept of librarianship operation to elucidate how the author understood librarianship practices, the library institution, and the domains of knowledge involved in its exercise. The analysis make visible how the book aimed to co-produce a library institution, a domain of knowledge (which brings forth objects, knowledge and techniques) and the emergence of various agents that did not previously exist locally (the library assistant and the librarian) as well as the reader or user who makes use of the library institution.
Keywords: Librarianship Education, Professional Training, Librarianship Practices, Eugene Irving Mohr, Argentina.
1. A modo de introducción
Si la bibliotecología, en tanto disciplina y profesión, tuvo su origen y desarrollo en Estados Unidos (EE.UU) y en Europa, el problema de carácter general que ordena este trabajo puede ser formulado de la siguiente manera: ¿qué factores permiten comprender y explicar su ingreso y desarrollo en Argentina? Aquí se distingue entre la bibliotecología como profesión y la investigación en este campo. Por un lado, se encuentra la delimitación de una profesión que monopoliza el acceso a los títulos y a los empleos correspondientes; y por el otro, la construcción de un “campo científico”, con sus asociaciones, sus reuniones, sus revistas, sus medallas y sus representaciones oficiales.
En este contexto de interrogación se presentan resultados de una investigación en curso sobre el proceso histórico de ingreso, localización y desarrollo de la Bibliotecología y su enseñanza en la provincia de Entre Ríos (ER) entre los años 1926 y 2015.1 De manera particular, aquí se exponen los hallazgos obtenidos a partir de la indagación en la obra Elementos de Biblioteconomía escrita por Eugene Irving Mohr en 1935 en el Colegio Adventista del Plata (actualmente Universidad Adventista del Plata) ubicada en la provincia mencionada.
La relevancia de abordar la misma radica en que fue concebida como un manual con una finalidad pedagógica para transmitir y formar bibliotecarios. Además, que en tanto “programa sistemático de formación”, se constituye en una fuente valiosa para poder reflexionar tanto sobre el contenido y las modalidades de enseñanza, como sobre el papel asignado a la biblioteca, la forma de concebirla y los procedimientos bibliotecológicos propuestos para su funcionamiento y organización. A pesar de ser un texto localizado en una institución adventista, el volumen de Eugene Irving Mohr quedó en la memoria de lxs bibliotecarixs que se formaron con posterioridad y en otros espacios institucionales.
Resulta importante notar que la mayoría de las investigaciones en el campo de la historia de la bibliotecología en nuestro país ignoran la existencia de la producción analizada en este artículo (Barber, Tripaldi & Pisano, 2003; Barber, 2004; Fernández, 1996; Coria, 2014, 2024; Fernández & Giunti, 1999; Finó, 1944; Finó & Hourcade, 1952; Garza Mercado, 1974a, 1974b; Liberatore, 2011; Parada, 1997, 2004, 2018; Planas, 2019, 2024; Silber, 2021). Este desconocimiento comenzó cambiar con el primer trabajo de Castelló & Biale (2017) y posteriormente con el de Castelló, Biale, Dante & Leonetti (2019) culminando con la publicación de Matharan, Biale, Gatti & Castelló (2022). Aunque sus autores presentaron la tarea bibliotecológica de Mohr, su producción no fue objeto de un análisis profundo en sus dimensiones sociales, técnicas y cognitivas, por lo que el presente trabajo pretende avanzar en esta dirección.
Además, se resaltan dos cuestiones teóricas-metodológicas del análisis propuesto. Por un lado, se buscó elucidar las representaciones que Mohr tenía sobre la biblioteca, en qué consistía la actividad bibliotecológica y el domino de saberes involucrados en su ejercicio. Para ello se tomó el contexto textual en cual se produjeron, con su propio vocabulario y sus significados. Por el otro, de acuerdo con Matharan et al. (2022), se adoptó el uso de la palabra “quizás” o “habría” y la frase “como una conjetura”, que si bien expresan un vacío de conocimientos son, a la vez, interpretaciones de lo posible que no siempre se evidencia en los rastros, indicios o documentos históricos (Matharan et al., 2022, p. 39). Este trabajo se inspiró en la importancia epistemológica y política de escribir de esta manera el discurso histórico (Ginzburg, 2004; Matharan et al., 2022).
2. Elementos heurísticos-conceptuales para leer la obra
Con el fin de abordar la lectura y el análisis de la obra estudiada, se articuló de manera heurística el enfoque de la historia de los conceptos (Koselleck, 1993) con los Estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad (ECTS). De la historia conceptual, se recuperó el proyecto de identificar y comprender los conceptos y sus semánticas que aglutinan experiencias socio-cognitivas (en sus cambios, evolución o su difusión en distintas épocas) que contienen los textos a través de las cuales los agentes ponen de manifiesto sus ideas o representaciones (percepciones, creencias y significaciones) a la vez que se proyectan hacia el futuro (Koselleck, 1993). Con este telón de fondo conceptual se entiende que hacer historia de los procesos sociales que subyacen a la historia de la bibliotecología implica hacer historia de los conceptos bibliotecológicos. Interesa poner de manifiesto el movimiento de gestación de algunos conceptos básicos en su “doble tejido de significación y referencia de que están hechos” (Martín-Barbero, 1987, p. 13).
De los ECTS se adoptó el enfoque de abrir la “caja negra” del conocimiento e indagar en los procesos epistémicos y no epistémicos que subyacen a su producción. Para hacer visible esto, los estudios se desplazaron de un análisis de la “ciencia hecha” a una “ciencia en acción”, a una ciencia mientras se hace. Con tal fin sus miradas se centraron en las experiencias, en las acciones concretas de lxs científicxs en sus variados contextos socio-cognitivos de trabajo (laboratorio, seminarios, coloquios, congresos, etc.).
En el campo de la historia fue Michel de Certeau (1993) quien propuso el concepto de operación historiográfica para poder responder las siguientes preguntas: ¿qué fabrica el historiador cuando “hace ciencia” ?, ¿en qué trabaja?, ¿qué produce? Tributario de este concepto y de estas preguntas pero ahora para el caso de la bibliotecología se propuso el concepto de “operación bibliotecológica”. Término que puede ser comprendido en dos sentidos. Por un lado, permite reflexionar sobre la bibliotecología como disciplina, la cual ensambla lugares (espacios de producción y transmisión de conocimientos, de reclutamiento, geográficos, etc.), técnicas, procedimientos, metodologías y diversos discursos, ya sean de reflexión, enseñanza o historia. Por otro lado, también posibilita captar el proceso de transformación de un libro en una institución bibliotecaria, con el surgimiento de un dominio de saber, un discurso propio, múltiples prácticas y la participación de agentes con formaciones especializadas responsables de ésta. Para el objeto de este trabajo se adoptó este último significado ya que el manual abordado transmitía las diferentes operaciones (clasificación, catalogación y cuidado del libro) necesarias para transformar un montón de libros acumulados en una pieza en una biblioteca. De este modo, la operación bibliotecológica se presenta simultáneamente como un fenómeno observable, es decir, aquello que realizan quienes practican la bibliotecología y que puede ser documentado, y como una unidad de análisis que posibilita introducirse en la naturaleza misma de ese quehacer. Esta doble dimensión permite no solo describir las prácticas bibliotecológicas, sino también examinar sus fundamentos, dinámicas y procesos de transformación disciplinares.
El proceso de transformación de un libro en una institución bibliotecaria engloba y ensambla un conjunto diverso de elementos: libros, documentos, resultados, técnicas, prácticas (instrumentales y no instrumentales), valores y normas (epistemológicas, morales y de comportamiento), realidades institucionales variadas (la biblioteca, el centro de documentación, la iglesia), modos de inserción política y sociabilidad (sociedades profesionales y asociaciones), realidades económicas y jurídicas (formas de apropiación, propiedad intelectual y normativas variadas) y un público (el lector, el usuario). Elementos que se relacionan entre sí, presentado una articulación y contenido particular sobre una forma de compromiso social, de prácticas de producción y de gestión política. De este modo, la mencionada operación tiene siempre raíces o se fundamenta en estructuras sociales y políticas preexistentes, y contribuye a modelar la experiencia individual como de la vida colectiva en las sociedades humanas.
Es importante aclarar que aquí no se buscó entender cómo se constituyó el campo bibliotecario en el espacio entrerriano y su articulación y/o lugar dentro del campo bibliotecario argentino, dado que dicho análisis excede ampliamente el alcance y las dimensiones aquí abordadas. En su lugar, la investigación se centró en examinar la producción destinada a la enseñanza de la bibliotecología de un autor. A propósito, recientemente los trabajos de Coria (2024) y de Planas (2019, 2024) avanzaron sobre la institucionalización y profesionalización de este campo en la Argentina.
La conjetura de este trabajo es más acotada. Como se expresó más arriba, la propuesta de Mohr, si bien refleja o supone un saber y un hacer disciplinario en consolidación y producido en varios lugares geográficos, buscó arraigar y conformar en el medio local la biblioteca del colegio. En esta dirección el concepto propuesto hace posible inferir en su discurso bibliotecológico y en su modalidad de transmisión las prácticas epistémicas y no epistémicas necesarias para la estructuración de dicha institución. Cabe destacar que la producción indagada no tiene una perspectiva de lenguaje inclusivo, por lo que, tratando de ser “fiel” a ella, y no ser anacrónico, se mantuvo su terminología original la cual no distingue entre bibliotecario y bibliotecaria.
3. La labor de Eugene Irving Mohr en el contexto de la enseñanza de la Bibliotecología en el país
Cuando Mohr se radicó en ER la bibliotecología en Argentina atravesaba lo que el historiador Alejandro E. Parada denomina un “período preprofesional”. El mismo, sin tener una delimitación precisa, va desde la última década del siglo XIX hasta fines de la década de 1930 cuando, en 1937, se inició la enseñanza profesional de la Bibliotecología (Parada, 2004). En efecto, en ese año se impartieron dos cursos formativos que señalaron el inicio de una nueva etapa: la profesionalización. Por un lado, el Curso de Biblioteconomía dictado por Manuel Selva entre 1937 y 1942, “si bien modesto” (Parada, 2004, p. 9) “y con un sesgo de base bibliotecaria europea” (Parada, 2018, p. 14) fue muy importante ya que sus egresados “serían los animadores de una de las etapas más promisorias de nuestra Bibliotecología (Parada, 2004, p. 3). Por otro lado, en el año 1937 se inició un Curso de Bibliotecarias y Auxiliares Bibliotecarias dictado por el Consejo de Mujeres de la República Argentina (Coria, 2014).
El “período profesional” estuvo caracterizado, además, por la elaboración de textos orientados a la organización y la gestión de bibliotecas, así como por los primeros intentos de establecer Escuelas de Bibliotecología y programas académicos para la formación en la disciplina. Sin embargo, muchos de estos proyectos quedaron en fase de planificación o no lograron consolidarse a lo largo del tiempo. Tales son los casos de la apuesta por organizar una Escuela de Bibliotecarios y Archiveros en la Biblioteca Pública de La Plata (1904) (Dorta, 2024; Fernández, 2005) y la creación de la Escuela de Archiveros y Bibliotecarios (1922) en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (Silber, 2021). Un acontecimiento relevante del período fue la realización del primer curso de enseñanza de la bibliotecología en el país. Este tuvo lugar, entre 1909 y 1910, a cargo de Pablo Pizzurno y Federico Birabén (Suárez, 1980; Parada, 2004) siendo éste último un importante precursor de la enseñanza de la clasificación decimal (Parada, 2018; Suárez, 1980).
En este marco, en la provincia mesopotámica, en 1896, comenzó a establecerse en la zona de Puiggari (actualmente Villa Libertador San Martín, Departamento Diamante) (Bianchi, 2004) la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Esta iglesia es una vertiente del cristianismo protestante surgida del Movimiento Millerita de origen norteamericano surgida a mediados del siglo XIX. Para la consolidación de su arraigo en el territorio desarrolló una red de instituciones alrededor de la misma. Una de ellas fue el “Colegio Camarero” en 1898 que más tarde, en 1908, se convirtió en el Colegio Adventista del Plata y desde 1990 en la Universidad Adventista del Plata, con la finalidad de fomentar relaciones sociales que reflejaran los ideales, los valores y las prácticas del adventismo (Bianchi, 2004; Matharan et al., 2022; Wensell Egil, 1982). Las clases comenzaron en 1900 con profesores provenientes de Estados Unidos. Sin poder encontrar en los materiales históricos una fecha precisa de su constitución, durante la dirección del Colegio por parte de Walton C. John (1908-1912), se formó una “precaria biblioteca” que, con el tiempo, fue ganando en tamaño, espacio y organización. Hacia 1912 tanto profesores como estudiantes disponían de alrededor de 10 libros, siendo la Biblia y el Himnario Adventista los más importantes. Había, además, textos en inglés (Velázquez, 2004).
A fines de 1926 arribó al Colegio como contratado, procedente de EE.UU, Eugene Irving Mohr como docente de ciencias y matemática. Debido a que en sus años de formación había tomado “un curso elemental de ciencia bibliotecaria” (Mohr, 1984), el Rector Jess S. Marshall (1919-1933) le pidió que se encargara de armar y organizar la biblioteca (Matharan et al., 2022). Con su nombramiento al frente de la biblioteca circuló, por primera vez, la biblioteconomía estadounidense en ER. La contratación por parte de instituciones educativas de docentes procedentes del “país del norte” constituye un aspecto que necesita ser indagado en el proceso de influencia de la biblioteconomía norteamericana en Argentina. El caso presentado aquí amplía el trabajo de Héctor J. Maymí-Sugrañes (2002) que analiza los fundamentos ideológicos del papel de la American Library Association (ALA), en colaboración con el gobierno de EE.UU, para promover e impulsar el modelo de biblioteconomía estadounidense en los países latinoamericanos a través de becas y programas de formación entre 1933 y 1945. La designación de Mohr supuso también que su trayectoria socio-profesional de origen sufriera un desplazamiento en su interés y comenzara un proceso de construcción de una nueva identidad, aunque sea de manera transitoria: de la docencia en ciencias y matemática le sumó la tarea de bibliotecario (Matharan et al., 2022).
Durante los nueve años que dirigió la biblioteca, desde 1926 hasta 1935, llevó a cabo las operaciones bibliotecológicas delineadas en su obra para consolidar una verdadera biblioteca. Catalogó y clasificó los libros, los estructuró en colecciones e introdujo el uso de “fichas catalográficas” que se guardaron en armarios específicos para ellas (Matharan et al., 2022). Según Liliana Helena Velázquez (2004), el primer libro catalogado por Mohr se registró el 29 de abril de 1927, marcando el inicio de la transformación de un simple depósito de libros en una institución organizada.
Se puede conjeturar que debido a la falta de personal capacitado para estar al frente de la biblioteca del colegio, Mohr tomó la iniciativa de impartir cursos de bibliotecología con el propósito de formar auxiliares de bibliotecas y con ello fortalecer la institución. Según Matharan et al. (2022), estos cursos representaron el segundo esfuerzo por enseñar la disciplina en el país y el primero en Entre Ríos.Asimismo, es probable, como se sostiene que “los contenidos completos de estas lecciones fueron publicados en un texto que tiene por título “Elementos de Biblioteconomía del año 1935” (Matharan etal., 2022, p. 41).

La novedad de esta producción radicó en que se adelantó a Selva cuando, recién en 1939 y 1944, escribió el Manual de Bibliotecnia y el Tratado de Bibliotecnia respectivamente. Para un análisis de estas obras, consideradas pioneras y fundamentales en el desarrollo bibliotecológico del país, se pueden consultar los trabajos de Parada (1997, 2004) y Planas (2024).
Resulta interesante detenerse en el término “biblioteconomía” que aparece en el título de la obra. Como señaló Héctor Guillermo Alfaro López (2010), fue propuesto y desarrollado en EE.UU por bibliotecarios que comenzaron, durante la segunda mitad del siglo XIX, a sentar las bases en el contexto de formación inicial de la bibliotecología como una disciplina. Para ello, buscaron una elaboración conceptual de una actividad, hasta ese momento empírica, que debía instrumentalizarse en procesos técnicos. En efecto, como sostuvo Hipólito Escolar Sobrino (1990):
eran conscientes del nacimiento de una nueva institución social, que precisaba nuevas técnicas, origen de una nueva disciplina, la biblioteconomía, a la que ellos llamaron Librarianship, y una nueva profesión, la de bibliotecario, a la que debieron dotar de una ideología e independizarla de la tutela de la enseñanza (pp. 420-421).
Si bien en 1939 Ernesto G. Gietz propuso la denominación "bibliotecología", que desde 1943 comenzó a circular en toda la región, aún en 1976, al menos en la Argentina, era un término que requería de un análisis conceptual (Buonocore, 1976).
Tras la partida de Mohr del Colegio, la responsabilidad de gestionar la biblioteca recayó en manos de profesores de la institución. Aunque carecían de una formación específica bibliotecaria, asumieron esta tarea como parte de sus diversas y múltiples funciones pedagógicas. Para enfrentar este desafío, se dedicaron a estudiar este manual sin poder contar con información sobre cómo circuló y fue leído. En efecto, Hernán Hammerly, quien en la década de 1970 fue el primer director de la biblioteca con una titulación formal en bibliotecología, utilizó esta obra para comenzar su formación como bibliotecario.
4. Representaciones sobre la biblioteca
Elementos de Biblioteconomía (1935) tuvo una intencionalidad declarada: buscó ofrecer un programa de contenidos para la formación de alumnos como auxiliares de los bibliotecarios para las bibliotecas escolares. Así lo expresó al comienzo: “el propósito de este manual es el de adiestrar tales alumnos para que puedan llevar a cabo las tareas que les corresponden, de una manera eficiente” (Mohr, 1935, p. 4). Incluso, afirma más adelante: “se han preparado estas lecciones con el fin de mostrar cuál debe ser el espíritu de servicio de un bibliotecario, y el de enseñarle como llevar a cabo los deberes que les corresponden como auxiliar”. De esta forma, estableció una distinción del personal que podía estar en una biblioteca y de sus funciones y trabajos diferenciados. No obstante, en el texto se produjo un desplazamiento constante en las reflexiones realizadas sobre las funciones del auxiliar de biblioteca (que ayuda al bibliotecario), hacia las tareas y el “deber ser” del bibliotecario considerado principal.
Según el autor, la relevancia de la biblioteca dentro de cualquier sociedad civilizada residía en su función como “extensión natural de la escuela” (Mohr, 1935, p. 5). Acá se evidencia la influencia de la corriente angloamericana bibliotecológica que veía a la biblioteca, fundamentalmente la pública, como un complemento esencial de la educación. En Europa, en cambio, el desarrollo disciplinar se dividió en dos caminos reflexivos: la biblioteconomía del siglo XIX centrada en la biblioteca y el libro; y, con posterioridad, el desarrollo de la documentación, que desplazó el foco conceptual del libro hacia el de documento, la información y los centros de documentación. La emergencia de esta última perspectiva no implicó la desaparición de la anterior, sino que dio lugar a un escenario de convivencia, confluencia y, en ciertos casos, conflicto.
La biblioteca escolar no era sólo un lugar donde se resguardaba y/o acumulaba el conocimiento y la memoria, sino que también era una institución educativa. Su legitimación social derivaba en que facilitaba la educación de la juventud a través del acceso a los libros resultando “ser el taller mental de la escuela” (Mohr, 1935, p. 8). Junto a esta función se la representaba como sinónimo de civilización conjugado con una “idea de servició a la sociedad” (Alfaro López, 2010, p. 21).
Asimismo, expresó con claridad las tareas asociadas con los procesos técnicos que requería realizar el bibliotecario y el ayudante de biblioteca en esta institución:
Alguien ha dicho que el trabajo de una biblioteca se divide en dos partes: hacer a los libros entrar en una biblioteca (la selección y la adquisición) y hacerlos salir de nuevo (ponerlo en circulación). Esto es cierto en un sentido, puesto que el trabajo intermediario de clasificar y catalogar los libros es tan solo una preparación para hacerlos circular. Sin embargo, este trabajo intermediario es el más importante y requiere más técnica, más instrucción especial y más exactitud que cualquier otra parte del servicio de la biblioteca. Este librito bosqueja las formas más sencillas de estos procesos técnicos, con una explicación de cada paso. En todo caso se debe recordar que es necesario decidir cuál forma se ha de usar, y seguirla invariablemente (Mohr, 1935, p. 54).
Este párrafo expresa también un imaginario sobre cómo entender qué es una biblioteca buscando romper con la representación predominante de la época, que la concebía como un mero cúmulo de libros sin estructura ni organización. Se podría conjeturar que el trabajo intermediario de clasificar y catalogar en realidad constituye el núcleo central de lo que se denominó la “operación bibliotecológica”: transformar un conjunto de libros apilados, desorganizados y de difícil acceso en una biblioteca, la cual consiste en un arreglo de libros. De esta manera Mohr buscó, por un lado, poner en tensión lo que se consideraba una biblioteca; por el otro, redefinir o construir lo que tenía que ser una biblioteca en general. Con estas representaciones en mente, la obra transmitió las habilidades cognitivas y técnicas requeridas para el ejercicio de las prácticas bibliotecarias que implicaban un objeto / dominio sobre el cual trabajar (los libros); acciones u operaciones relacionadas como la catalogación, la clasificación, el cuidado y la reparación de los libros; formas de circulación (ingreso, egreso y vuelta a ingresar) de los libros en la institución bibliotecaria; y, por último, el trato con sus lectores.
Estos temas fueron estudiados en cuatro lecciones. En la primera, se presentaron los trabajos mecánicos generales que debían aprender y que correspondía a los auxiliares de las bibliotecas: cómo hallar los libros que se deseaban y cómo devolverlos a los estantes; cómo prestarlos, a quiénes y por cuanto tiempo, entre otros temas. En la segunda, se desarrollaron temas propios de los auxiliares de las bibliotecas escolares haciendo hincapié en los materiales con los cuales se encontraría y cómo usarlos. La exposición teórica fue acompañada de trabajos prácticos para su aprendizaje. En la tercera, se abordaron la catalogación, la clasificación y la inscripción. Estas actividades eran consideradas como centrales para garantizar que los materiales estén organizados de manera coherente, ordenada y accesible tanto para el bibliotecario como para los lectores. Por último, en la cuarta, se introdujo otra práctica, como la reparación de los materiales, dañados o desgastados, para que los lectores puedan seguir teniendo acceso (Mohr, 1935).
A partir de estas lecciones, se planteó la conjetura que la obra buscó co-producir (Jasanoff, 2004) una biblioteca junto con un dominio de saber que dio lugar al surgimiento de objetos, conceptos y técnicas especializadas. Dicha co-producción, de manera más general, estaba relacionada a una práctica social que consistía en preservar, acumular, recuperar, difundir y regular el acceso al conocimiento materializado. Este proceso también impulsó la emergencia de diversos agentes con roles especializados, como el auxiliar de biblioteca y el bibliotecario a la vez que el lector o usuario.
5. Representaciones sobre el “ser y el hacer” bibliotecológico
Del contenido de las lecciones publicadas también se infiere otro punto de reflexión: para Mohr el bibliotecario debía ser una persona con formación. En muchos casos las personas encargadas de las bibliotecas “no son sino vulgares empleados” (Mohr, 1935, p. 5) sin estudios especializados en bibliotecología. Estar al frente de una biblioteca “... no se limita a sacar los libros de los anaqueles para entregarlos al lector sino también en guiarlos en sus estudios y consultas en las bibliotecas” sino que debía ser un organizador para la biblioteca y un guía para los lectores. “Su misión es hacer con los libros, biblioteca para el público y con el trato, público para la biblioteca” (Mohr, 1935, p. 6). Se puede deducir que, el bibliotecario, con un sentido moral, debía tomar el rol activo de brindarle, a los lectores, los libros que correspondía leer.
Para el autor, es este agente que con sus conocimientos y prácticas constituye a esta institución; de lo contrario, sería un lugar con muchos libros o depósito para estos. La práctica social en torno a los libros, cristalizada en una institución, marcaba el surgimiento de un nuevo tipo de agente bibliotecario, caracterizado por una formación profesional diferenciado del tipo más empírico que se desempeñaba hasta ese momento. Cabe recordar, y el país no escapó a esta situación, que en los albores de la bibliotecología se aprecia que quienes estuvieron al frente de las bibliotecas fueron intelectuales, eruditos y escritores que llevaron a cabo una actividad eminentemente práctica y empírica, muchas veces de manera aislada en su gestión administrativa.
En efecto, para Mohr, era un verdadero oficio, era una profesión con una formación especializada. Consideraba que, al igual que en las facultades de biblioteconomía de los países comprometidos con el desarrollo cultural (Mohr, 1935, p. 5), la disciplina debía estructurarse académicamente para garantizar su impacto en la sociedad. En línea con esto, afirmó que “en todos los países donde hay una cultura formada, los bibliotecarios ocupan una posición respetable entre los profesionales. Esto es natural ya que para llegar a ser uno de ellos “es necesario cursar estudios especiales y hacer carrera…” (Mohr, 1935, p. 4).
La práctica bibliotecaria, además de exigir una dedicación completa al trabajo y el estudio, también implicaba ciertos valores y normas que debían ser interiorizados por quienes desempeñaban esta labor. De esta forma escribió que el auxiliar de biblioteca debía poseer ¨...características intelectuales y morales que los destaquen” (Mohr, 1935, p. 4): “ser digno de confianza, eficiente, ingenioso, entusiasta, paciente y sereno, y con todo esto debe ser humano” (Mohr, 1935, p. 4). Por su parte, el bibliotecario debía estar libre de defectos físicos, intelectuales o morales, para que la gente común concurra con gusto” (Mohr, 1935, p. 5). Esta afirmación refleja una concepción de la profesión que vinculaba la figura del bibliotecario con ciertos ideales de conducta y presentación personal.
Además, planteó la cuestión sobre qué dominio de conocimientos debía contar un bibliotecario, destacando que su formación debía sustentarse en tres pilares fundamentales: la bibliografía, la biblioteconomía y el dominio de idiomas (Mohr, 1935, p. 5). Esto significaba tener un entendimiento sobre el libro, su descripción y clasificación; sobre la organización y trabajos requeridos en una biblioteca; y, por último, tener amplia instrucción idiomática, tanto para atender público como para catalogar y clasificar los libros. Por ello, en la biblioteca debería haber un “estante del bibliotecario” en donde se pudiera “hallar libros de biblioteconomía, de clasificación y de catalogación, pero también sobre el cuidado y restauración de los libros. Son estos los libros del bibliotecario, sin los cuales no se puede hacer debidamente el trabajo que le corresponde” (Mohr, 1935, p. 54). Entonces también el bibliotecario necesitaba de su propia biblioteca. Esta representación podría constituirse en un antecedente de la “Biblioteca del Bibliotecario” que la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares abrió en 1944 con la ayuda material de la American Library Association (ALA). Como afirmó Coria “estaba pensada para profesionales y estudiantes de bibliotecología, y apuntaba a constituir una colección de materiales bibliográficos que incluyeran ediciones nacionales y extranjeras dedicadas a la evolución profesional del bibliotecario” (Coria, 2024, p. 6).
6. Representaciones sobre las operaciones bibliotecológicas
El primer proceso técnico que llamó la atención, debido a su importancia en la organización de la biblioteca, fue la clasificación. Para poder ordenar la biblioteca y poder acceder con facilidad a las obras era necesario tener un criterio de clasificación. El autor propuso que se clasifiquen los libros por temas: “clasificar libros es ponerlos en grupos, y tanto como sea posible, agrupar a todos los libros que traten sobre el mismo tema (…). Su propósito es dejar los libros dispuestos en la mejor forma para su accesibilidad” (Mohr, 1935, p. 54).
Un aspecto importante del desarrollo de la bibliotecología en ER, en particular, y en Argentina, en general, requiere saber el modo y el momento histórico en que fueron recibidas y apropiadas las teorías fundamentales que conformaron la bibliotecología. Aquí cobró importancia la actividad docente de Mohr (Figura 2 y Figura 3) al promover la enseñanza de la Clasificación Decimal Dewey (CDD), siendo pionero en territorio entrerriano y, quizás, de los primeros en el país.
Cabe destacar la actualidad, para la época, que tenían los variados materiales bibliográficos utilizados para abordar las lecciones sobre Dewey. En la bibliografía de referencia de la obra analizada se hallan indicios del libro Decimal clasification and relative Index de Dewey publicado en el año 1907 en el marco del Manuel du Repertoire Bibliografique Universel. Esta publicación fue realizada por el Instituto Internacional de Bibliografía situado en Bruselas. Se debe que señalar que, a partir de 1905 y sobre la base de la quinta edición de las CDD, dicho instituto configuró lo que se conoce como Clasificación Decimal Universal (CDU), una versión ampliada y modificada de la primera. Si bien se podría conjeturar que al usar una versión de 1907 estaba enseñando la CDU, también es cierto que habría usado otras obras para introducir a sus estudiantes en las CDD al utilizar las obras editadas por la ALA. Por último, citó obras en castellano que constituían introducciones y exposiciones de la obra de Dewey como La clasificación bibliográfica decimal: Exposición del sistema y de sus tablas comprendidas de Luiz Mendez Albarrán (1932) realizada en España, y Tablas comprendidas de la clasificación decimal (1907) de M. Dewey traducidas por Juana Manrique de Lara (1931), realizada en México por el Departamento de Bibliotecas de la Secretaría de Educación Pública. Señalando estas obras, otro punto para indagar es la manera en que circulaban, cuán accesibles eran y como fueron recepcionadas, en los diferentes contextos locales-nacionales, las obras dedicadas a la bibliotecología producidas a nivel regional.
Otra práctica de trabajo del bibliotecario que Mohr (1935, p. 58) expuso fue la catalogación. Toda biblioteca, afirmó Mohr, “necesita alguna clase de lista de sus libros por autor, por título y por tema”. Cada ficha, además de los datos del autor y del título de los libros que se hallan en una biblioteca, debía tener en la esquina superior izquierda el índice que le da su numeración de dónde encontrarlo en los estantes y que lo clasificaba.
Este listado de libros, que se denomina catálogo, se tenía que realizar en la forma de una serie de fichas que eran arregladas alfabéticamente en las casillas de un fichero, que podía ser de metal o de manera. Con esta postura prefirió el fichero-catálogo (que contenía las fichas por título y autor) o diccionario catálogo (que contenía las fichas por título, autor y tema) al catálogo impreso. No obstante, reconoció la importancia del catálogo impreso a pesar de su alto costo monetario ya que permitía dar publicidad de los libros disponibles entre el público lector. Además, contribuía a despertar el interés por el acervo bibliográfico y fomentaba su consulta.
La práctica de catalogación, por simple que fuera, “debía tener un lugar diferenciado en la biblioteca” (Mohr, 1935, p. 58) en donde se debían encontrar y reunir los siguientes elementos:
- Fichas: debían confeccionarse de buena calidad para no tener que reemplazarlas constantemente. El tamaño más usual era de 7.5 x 12.5 cm. Este tamaño era el usado por las bibliotecas norteamericanas y reproducía el formato de la tarjeta postal de ese país (Barbier, 2015).
- Fichero: el uso de la ficha debía estar acompañado por este mobiliario especializado para contenerlas. El fichero podría comprarse o hacerse y debía tener, al menos, tres casillas para guardar 1000 fichas en cada uno de ellos. Esto se debía a que por cada libro se tenía que hacer tres fichas: por autor, por título y por tema (Mohr, 1935).
- Materiales varios: “…fichas para su catálogo, para el libro, etc.; cola, tinta, plumas, materiales para la reparación de libros, cuchillo, máquina de escribir, etc.” (Mohr, 1935, p. 54).
El autor señaló las operaciones propias de la práctica bibliotecológica de la siguiente manera, desde que se adquiere un libro hasta su proceso de puesta en circulación:
A estas operaciones, siguiendo el hilo argumentativo del autor, habría que agregarle de manera general las siguientes:
20. Devuelto el libro revise su estado, que no se encuentre dañado o roto.
21. Repare los libros dañados como en buen estado.
22. Guárdelo en el estante correspondiendo para su vuelta en circulación.
La práctica del cuidado, la higiene y la reparación de los libros también mereció atención en diferentes secciones. Sin embargo fue al final, en la cuarta parte, en donde se desarrollaron, de manera destallada, los rudimentos de la reparación de los libros. El contenido fue tomado casi exclusivamente, como el mismo autor declara, del libro Bookcraft de Donald M. Kidd del año 1926.
Para finalizar, se destaca un apartado titulado “El libro en busca del lector”, en el cual Mohr ofrece una breve reflexión sobre otra práctica bibliotecológica relevante: la publicidad. El propósito de esta actividad era captar el interés del lector a través de acciones como la organización de cursos de lectura sobre temas específicos o la elaboración de notas bibliográficas sobre determinados libros. Estas implementaciones debían ser sinceras, simple, directas, atractivas y persuasivas y sobre todo debían decir la verdad. Nuevamente aquí se hace visible la carga axiológica inherente a la profesión bibliotecaria.
A modo de cierre
Este artículo indagó en la obra Elementos de Biblioteconomía escrita Mohr en 1935. Aunque su labor bibliotecaria y sus enseñanzas tuvieron lugar en un ámbito geográfico limitado y no trascendieron el contexto del Colegio Adventista, su contribución sigue siendo relevante. Su trabajo presentó las bases teóricas y metodológicas a la vez que las prácticas esenciales de la disciplina que marcaron un precedente en la formación bibliotecológica en ER. Al mismo tiempo, su estudio permite comprender y evaluar su relevancia para la historia de la bibliotecología en el país.
Si bien se reconoce que todo texto tiene un carácter polisémico e inagotable en cuanto a sus posibilidades de lectura, y sin pretender agotar todas estas posibilidades, aquí se presentan algunos resultados. En primer lugar, el análisis, basado en los enfoques teóricos adoptados, permitió identificar y caracterizar tanto el contenido socio-cognitivo de la enseñanza y de las prácticas asociadas como también la constitución de un discurso sobre la biblioteca y bibliotecología con sus conceptos, sus fundamentos, sus dominios de saber y sus prácticas. Dentro de este marco, si bien el contenido de las lecciones se centró en lo que los estudios históricos de la bibliotecología denominan saber técnico, en detrimento de un saber más humanístico, desde la perspectiva de los estudios ECTS, este saber técnico también posee una dimensión social. En efecto, estaba vinculado a una serie de valores sociales como, por ejemplo, “estar libre de defectos físicos, intelectuales o morales” que, según el propio autor, debían ser encarnados por quienes lo aplicaban. En definitiva, no son neutrales sino que suponen o traducen valores.
En segundo lugar, dado que el autor recibió su formación en bibliotecología en EE.UU, fue posible reconocer diversos contextos cognitivos que influyeron en su pensamiento, dejando una impronta tanto en la elaboración de su obra como en quienes la leyeron o participaron de sus cursos. Esta situación brindó la oportunidad de introducirse en el universo bibliotecológico de la década de 1930, a partir de los materiales bibliográficos que utilizó en sus enseñanzas. Además propició una reflexión sobre la circulación, la apropiación y la recepción del conocimiento disciplinar y prácticas pedagógicas entre países diferentes como también al interior de un mismo territorio. Así, el estudio de estas configuraciones ofrece claves para interpretar la evolución de la disciplina y sus articulaciones con las condiciones materiales y culturales en variados escenarios.
En tercer lugar, como se puedo inferir a partir del relato a su arribo al Colegio, la carrera profesional de Mohr supuso un cambio imprevisto y casual, dando origen a lo que podría denominarse un “régimen profesional transitorio”. Este proceso marcó el inicio de la enseñanza de la bibliotecología en la provincia. Dicho régimen se caracteriza por el pasaje alternante, de ida y vuelta, de la docencia a la bibliotecología, reconociendo que son campos disciplinares diferentes. Su enseñanza en bibliotecología fue de nuevo tipo: formar auxiliares de bibliotecas escolares.
Por último, el historiador Barbier sostuvo que
aunque existan numerosos trabajos de investigación, con frecuencia de carácter puntual (monografías de bibliotecas, o síntesis por países), debemos reconocer que una historia específica de las técnicas de biblioteconomía y de codificación bibliográfica se encuentra hoy en el orden de los deseos (Barbier, 2015, p. 429).
En nuestro país las producciones de Coria (2024) y de Planas (2019, 2024, 2025) han avanzado para revertir esta situación. Este trabajo continúa con estos esfuerzos, centrando su estudio en una obra destinada a la formación de bibliotecarios, que propuso el concepto de operación historiográfica para dar cuenta, al menos en el discurso, de la articulación entre las representaciones, condiciones materiales, conocimientos, valores, habilidades y técnicas. Estos elementos son fundamentales para la constitución, la organización y el funcionamiento de una biblioteca. Futuras indagaciones ponderarán la relevancia y la pertinencia de este concepto como también la potencialidad de los manuales de enseñanza como fuentes fecundas para indagar acerca de la naturaleza, las modalidades de enseñanza, los fundamentos y los presupuestos sociales y técnicos de la bibliotecología.
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Notas
Recepción: 07 Julio 2024
Aprobación: 08 Septiembre 2025
Publicación: 01 Abril 2026