Palabra Clave (La Plata), abril - septiembre 2026, vol. 15, núm. 2, e275. ISSN 1853-9912Dosier
Materialidad y condiciones técnicas de posibilidad: la fotografía en revistas médicas argentinas en el paso del siglo XIX al XX
Resumen: A partir de los estudios visuales de las ciencias y la tecnología, enfoque que propone un cruce interdisciplinario entre historia del arte e historia de las ciencias, este trabajo abordará las vicisitudes técnicas de la inclusión de fotografías con fines científicos en las revistas médicas, tomando el caso de la Argentina de fines del siglo XIX y principios del XX, y mostrará a estas imágenes como parte fundamental de la argumentación de la medicina en un momento de consolidación del campo profesional. Para ello, dará cuenta del papel de las imágenes y su acumulación sistemática en el quehacer científico, así como de la conformación de asociaciones que dieron origen a publicaciones periódicas en las que se presentaron propuestas científicas y discusiones relativas al ejercicio de la profesión. Estas revistas fueron parte de las transformaciones fundamentales en la cultura visual impresa de fin de siglo, en particular con la difusión de la técnica del halftone, que hizo posible la proliferación de la imagen fotográfica al lograr su traslación directa a la plancha de impresión en grandes tiradas y con costos más bajos que con otras técnicas.
Palabras clave: Fotografía, Medicina, Publicaciones periódicas, Materialidad, Cultura visual, Argentina.
Materiality and technical conditions of possibility: photography in Argentine medical journals at the turn of the 20th Century
Abstract: Drawing on visual studies of science and technology—an interdisciplinary approach that bridges art history and the history of science—this paper explores the technical challenges involved in incorporating photographs for scientific purposes in medical journals, focusing on the case of Argentina in the late 19th and early 20th centuries. It highlights how these images played a fundamental role in medical argumentation during a period of professional consolidation. The paper examines the role of images and their systematic accumulation in scientific practice, as well as the formation of associations that led to the creation of periodicals featuring scientific proposals and debates regarding the medical profession. These journals were part of broader transformations in print visual culture at the end of the century, particularly with the spread of the halftone process, which enabled the widespread reproduction of photographic images by allowing their direct transfer to printing plates in large runs and at lower costs than other techniques.
Keywords: Photography, Medicine, Periodicals, Materiality, Visual culture, Argentina.
Materialidade e condições técnicas de possibilidade: a fotografia em revistas médicas argentinas na virada do século XIX para o XX
Resumo: A partir dos estudos visuais da ciência e da tecnologia — abordagem interdisciplinar que articula a história da arte com a história das ciências —, este trabalho analisa os desafios técnicos envolvidos na incorporação de fotografias com fins científicos em revistas médicas, tomando como foco o caso da Argentina no final do século XIX e início do século XX. A investigação destaca o papel fundamental dessas imagens na argumentação médica em um momento de consolidação do campo profissional. Serão examinados o uso sistemático das imagens na prática científica, bem como a formação de associações que deram origem a publicações periódicas voltadas à apresentação de propostas científicas e ao debate sobre o exercício da profissão. Essas revistas integraram transformações mais amplas da cultura visual impressa no final do século, em particular com a disseminação da técnica do halftone, que possibilitou a reprodução em larga escala de imagens fotográficas por meio de sua transferência direta para chapas de impressão, com tiragens maiores e custos mais baixos do que outras técnicas permitiam.
Palavras-chave: Fotografia, Medicina, Publicações periódicas, Materialidade, Cultura visual, Argentina.
1. Introducción
La fotografía estuvo, desde sus inicios, vinculada a una incesante carrera técnico-tecnológica y su historia está estrechamente enlazada a las modificaciones que surgieron a partir de ella. El primer desafío, el que dio origen al medio, fue lograr la fijación de la imagen captada por la cámara oscura en un soporte físico de manera duradera; más tarde, una de las cuestiones a resolver sería la posibilidad de reproducción múltiple, a lo que se le sumó luego la reproducción de su imagen mediante la imprenta. Estos problemas, del orden de la técnica, estuvieron también profundamente relacionados con las necesidades de un mercado que demandó objetos fotográficos para múltiples usos sociales. En este sentido, como se sabe hoy, el uso de la fotografía no se agotó en el muy difundido retrato social y familiar, sino que fue también herramienta de las élites económicas e intelectuales y de los Estados nacionales e imperiales del siglo XIX para el dominio de sus territorios geográficos y simbólicos. Las ciencias modernas, imbricadas en esta trama de ejercicio del poder, hicieron también uso de ella para sostener sus hipótesis y argumentaciones.
Por su parte, la medicina decimonónica, de la mano del crecimiento del Estado, hizo su aporte al control social de los cuerpos al arrogarse la definición de lo normal y de lo patológico, invocando una autoridad científica que no estuvo exenta de prejuicios de clase, raza y género. Se registraron con sistematicidad casos clínicos con el fin de identificar patrones, diagnosticar, comprender la evolución de enfermedades, proponer y evaluar la eficacia de tratamientos y procedimientos ante una comunidad de pares, en oposición a otros saberes populares considerados no científicos. La posibilidad de incluir imágenes fotográficas junto a los textos impresos a bajo costo y a gran escala fue clave para el registro de síntomas, pero también para la comunicación del quehacer científico y con ello de una ética profesional.
Si bien la fotografía tiene ya varias décadas siendo fuente válida para la historiografía, en muchas ocasiones se ha privilegiado lo iconográfico por sobre su condición de objeto material y técnico. La forma en la que se inscribe, reproduce y circula juega un rol esencial ya que puede condicionar sus usos discursivos. Al partir de esta idea, este artículo tiene como objetivo indagar de qué manera la materialidad de la imagen fotográfica, entendida como el resultado de soportes técnicos, tecnologías de impresión y de formatos editoriales específicos, intervino en la configuración de nuevas relaciones entre imagen y texto en las revistas médicas de fines del siglo XIX, y de qué modo esa articulación contribuyó a la producción, legitimación y circulación del conocimiento científico médico. Para poder responder este interrogante se indaga en qué modo texto e imagen operaron como prácticas combinadas en la construcción del saber médico, cómo se presentaba el diseño gráfico y editorial de las revistas para articular la lectura visual y la lectura textual según las posibilidades técnicas de cada momento. Asimismo, se da cuenta de las asociaciones profesionales y algunos de los actores involucrados en estos emprendimientos editoriales, vehículo de estas fotografías. Con relación a esta realidad material, se cuestiona cómo la transformación de las técnicas de impresión impactó en la frecuencia de publicación, el diseño gráfico y, por consiguiente, en el estatuto epistemológico de las imágenes fotográficas dentro de las revistas científicas y el discurso médico.
En función de estas preguntas se trabaja con la hipótesis de que con los avances en las técnicas de impresión en las últimas décadas del siglo, la imagen fotográfica dejó de ser un objeto (casi) único y artesanal para transformarse en un artefacto reproducible a gran escala, lo cual modificó su función ilustrativa y elevó su autoridad dentro del discurso científico. La incorporación de la fotografía en revistas médicas no habría sido sólo un recurso descriptivo, sino que alteró la forma en que se validaba y comunicaba el conocimiento médico: las fotografías habrían funcionado como evidencia visual de tratamientos experimentales y prácticas clínicas, siendo pieza fundamental en la legitimación social y científica de la medicina moderna. También, es posible inferir que el mismo estatus, no exento de cuestionamientos, de la fotografía como garante de objetividad se vio a su vez reforzado cuando ésta fue utilizada como herramienta para la producción de conocimiento científico.
El corpus que forma parte de este estudio son las revistas médicas publicadas en Argentina entre 1870 y 1915,1 momento clave tanto para la profesionalización de la medicina como para los vertiginosos cambios que acaecieron en las técnicas de reproducción impresa de imágenes. Revista médico quirúrgica, Anales del Círculo Médico Argentino, Revista de la Sociedad Médica Argentina, Argentina médica y Semana médica fueron medios de gran circulación dentro de la comunidad médica del país y que tuvieron también proyección internacional. Estas fuentes serán trabajadas a partir de los marcos conceptuales elaborados por los estudios de cultura visual (Bredekamp et al., 2015; Daston & Galison, 2010; Szir, 2009) junto con los aportes de la historia social de las ciencias y la tecnología (Latour, 1990; Shapin & Schaffer, 2005). Ambos enfoques consideran a las representaciones visuales como agentes activos en la construcción del saber científico, más que simples complementos de los textos y coinciden en que no es posible disociar las imágenes de los soportes en los que se encuentran inscriptas, cuestión que condiciona su circulación y la experiencia de visualización.
2. Construir un archivo visual para las ciencias médicas
Así como no es posible pensar las actividades científicas de la modernidad sin compilación de conocimiento para una consulta futura y su circulación por el campo científico, de ningún modo estas acciones son viables sin la instancia de medialización de la información. Ciertos objetos de estudio, por sus características intrínsecas, no pueden ser conservados o trasladados de la misma manera en la que han sido observados o experimentados por la mirada científica y precisan ser convertidos en otra cosa. Bruno Latour (1990) conceptualizó los resultados de la acción de dar materialidad a esta información científica con el nombre de “móvil inmutable”. Algunos ejemplos de esto son: una libreta de campo o laboratorio, un mapa, una preparación conservadora de tejido animal, una disecación de un ejemplar del mundo vegetal, etc. Las representaciones miméticas, como ilustraciones o fotografías, fueron estudiadas por Lorraine Daston y Peter Galison (2010), quienes las llamaron “objetos operativos para las ciencias”. En un sentido similar, autores como Horst Bredekamp, Birgit Schneider y Vera Dunkel (2015) han estudiado las “imágenes técnicas”, poniendo énfasis en la materialidad que les da forma, quiénes las crean y las aplican y el contexto en donde fueron producidas y puestas a circular.
La constitución de un archivo visual de la medicina occidental tiene su origen en el siglo XVIII, a partir del cuestionamiento de los preceptos galenianos que la regían desde la Antigüedad. Fue este cambio de paradigma el que animó a quienes ejercían la medicina a construir un corpus de información visual basado en la empiria y en los sentidos entrenados. De esta manera, las ilustraciones, las preparaciones anatómicas, los modelos tridimensionales y luego las fotografías formaron parte de los archivos personales, gabinetes y “museos” de hospitales, asociaciones y universidades. Estos museos no estaban pensados para la exhibición patrimonial, sino que constituían una base de datos para la consulta posterior por parte de un conjunto más o menos restringido de personas (estudiantes, docentes e investigadores).
Apenas estuvo disponible, quienes ejercían la medicina en distintas geografías se valieron de la técnica fotográfica para el registro de patologías del cuerpo que eran visibles a simple vista, principalmente tumores, enfermedades de la piel, así como malformaciones congénitas o dolencias traumatológicas. Con el tiempo, la técnica hizo su aporte también en el registro de lo invisible al fotografiar imágenes microscópicas y al estar presente en la técnica de impresión de los ensayos con rayos X. A medida que la técnica lo permitió, la usaron también para reforzar sus argumentaciones en todo tipo de cuestiones, que iban desde procedimientos quirúrgicos hasta la patologización de la homosexualidad (Pantoja, 2024).
En la década de 1850, el desarrollo del negativo fotográfico al colodión húmedo en combinación con la impresión sobre papel albuminado implicó incrementar las posibilidades de circulación de la fotografía. Estas dos técnicas combinadas permitieron dejar atrás a los positivos de cámara como el daguerrotipo, el ambrotipo o el ferrotipo, que resultaban en una imagen única, para dar lugar a la reproducción múltiple. Esta innovación amplió los usos sociales, institucionales, comerciales y científicos de la fotografía. El montaje de fotografías originales a la albúmina en las páginas de una publicación fue popular en las décadas de 1860 y 1870 y consistía en el pegado de copias fotográficas una por una en diferentes soportes en los que previamente se había impreso un texto (folletos, revistas o libros). A nivel internacional se halla el famoso libro de 1862 del médico francés pionero de la neurología, Guillaume Duchenne de Boulogne (1806-1875), titulado Mécanisme de la physionomie humaine, en el que presenta fotografías a la albúmina de su investigación experimental. De manera similar, el dermatólogo Alfred Hardy y el oftalmólogo y fotógrafo aficionado Aimé de Montméja en 1868 publicaron Clinique photographique de l’Hopital Saint-Louis, libro que contenía 50 albúminas montadas y coloreadas de distintas enfermedades de la piel. Las imágenes poseían un encuadre más cerrado que los retratos médicos de Duchenne de Boulogne, ya que se buscaba dirigir la mirada hacia la zona específica del cuerpo afectada. Las tiradas de este tipo de ediciones solían ser pequeñas debido al costo elevado que tenían y al lento trabajo artesanal que implicaban. En la actualidad estas ediciones tienen un valor de mercado elevado por su rareza y fragilidad.
Como alternativa, ante la imposibilidad de unir fotografía e imprenta, con frecuencia se recurrió al pasaje de la fotografía a la litografía. El proceso litográfico, desarrollado en Múnich en 1796 por Alois Senefelder, consiste en la utilización de una piedra caliza sobre la cual se dibuja o escribe con un lápiz especial. La piedra se humedece haciendo que las marcas grasosas del crayón retengan la tinta que la piedra húmeda rechaza. Luego se coloca el papel sobre la piedra y se imprime ejerciendo presión con la prensa sobre el papel y la piedra. Se trata de un procedimiento en plano, que no es compatible con la plancha tipográfica, pero permite al artista dibujar él mismo sobre la piedra. Asimismo, se trata de una técnica que permite la incorporación de colores y, por lo tanto, dar más realismo a las imágenes (Gascoigne, 2004). El médico Alfred Donné y su asistente especializado en física y óptica, Leon Foucault, hicieron uso de ella para la elaboración de su pionero libro de 1845 basado en daguerrotipos de observaciones microscópicas. También lo hizo el médico Alexander John Balmanno Squire en su A manual for the diseases of the skin (1868) en el que recurrió a la litografía para hacer el pasaje desde la fotografía a la imprenta.
El inconveniente del uso de la litografía como intermediación de la fotografía fue justamente la necesidad de intervención de terceros (el dibujante), por lo que normalmente se buscó dejar asentado que estos dibujos litográficos se habían “basado en fotografías”, declaración que buscaba asociar la imagen resultante al prestigio de la mecanicidad de la técnica fotográfica y, por lo tanto, a su percibida objetividad. Esta asociación entre fotografía y objetividad fue estudiada por Lorraine Daston y Peter Galison (2010) quienes, a través del estudio de las imágenes científicas, dan cuenta de un cambio epistemológico clave: el paso de una “imagen razonada”, idealizada, que buscaba eliminar particularidades o variaciones, típica del siglo XVIII a la preferencia por una “imagen mecánica” que predominó a partir de las primeras décadas del siglo XIX.
En un sentido similar, Philippe Dubois (1986) sostiene que durante el siglo XIX predominó la concepción de la fotografía como “espejo de lo real”, dada la semejanza existente con su referente:
se le ha atribuido una credibilidad, un peso real, absolutamente singular. Y esta verdad irreductible del testimonio descansa principalmente en la conciencia que se tiene del proceso mecánico de producción de la imagen fotográfica, de su modo específico de constitución y existencia: el automatismo de su génesis técnica. (…) La foto es percibida como una especie de prueba, a la vez necesaria y suficiente, que atestigua indudablemente la existencia de lo que se da a ver. (Dubois, 1986, pp. 19-20.
Este estatus decimonónico de la fotografía como testimonio fidedigno de la realidad es el principal motivo del tesón con el que se buscó insertar a la fotografía en los impresos científicos desde muy tempranas épocas, aun cuando no era técnicamente posible su inclusión.
3. Publicar revistas médicas en Buenos Aires en el siglo XIX, entre la sociabilidad y la producción de conocimiento científico
En la Argentina, la documentación de archivo de las actividades científicas, entendida como aquella información plasmada en un soporte y generada naturalmente en el ejercicio de las funciones de instituciones o personas, pocas veces es preservada como tal, respetando su integridad, procedencia y orden original. Los conjuntos fotográficos se encuentran con frecuencia disociados de la documentación textual que los complementa y suelen ser de acceso restricto por motivos diversos (se hallan dentro de museos o bibliotecas con el nombre de “colecciones especiales”). Esto, por supuesto, siempre y cuando no hubieran sido arrojados a la basura u olvidados en sótanos, destino frecuente del patrimonio documental. El estudio de las revistas científicas puede arrojar luz con respecto a la producción de las bases de datos y archivos científicos del siglo XIX, pues dan cuenta de su existencia aun cuando no hubieran quedado rastros de ellos en su soporte y formato original. La acción de compilar e imprimir permitió resguardar la memoria de las actividades y de las imágenes que hoy se encuentran perdidas o son inaccesibles. Este tipo de publicación periódica constituye ella misma un ‘archivo’ de las actividades de la producción científica, tanto es así que muchas de ellas han usado ese concepto en sus nombres, por ejemplo, Archivos de Criminología, Medicina Legal y Psiquiatría, revista dirigida por José Ingenieros.
Así como en la actualidad la cultura y el conocimiento circulan principalmente de manera digital, en el siglo XIX y gran parte del XX lo fue de manera ubicua y sin precedentes mediada por las técnicas de impresión. Libros, revistas y manuales de diversos géneros y temáticas, también afiches, folletería y papeles impresos de todo tipo fueron necesarios para la administración y gestión de variadas actividades, entre las cuales las científicas no fueron la excepción. Teniendo en cuenta este contexto, es posible afirmar que el material impreso en general y el formato revista en particular conformaron las “tecnologías literarias” para las ciencias (Shapin & Schaffer, 2005), que brindaron a las asociaciones profesionales y científicas dispositivos para comunicar y validar ante la comunidad de pares puntos de vista institucionales y dar espacio a sus miembros para mostrar —y poner en discusión— sus trabajos y proyectos. Historia que se remonta tan atrás como 1665 con las Philosophical transactions, revista publicada por la Royal Society of London.
En el caso de la Argentina, las asociaciones y sus revistas acompañaron el proceso de desarrollo y profesionalización de las ciencias durante la segunda mitad del siglo XIX. Con ellas se buscaba no solamente divulgar conocimiento, sino también posicionarse dentro del campo científico y profesional (González Leandri, 1998). En líneas generales, estudiosos y aficionados vinculados a las revistas científicas, tales como Hermann Burmeister, Emilio Coni, Manuel T. Podestá, Pedro N. Arata, José Ingenieros, Antonio Arraga y otros, robustecieron sus grupos e intereses con una sociabilidad eminentemente masculina, caracterizada por el estrechamiento de vínculos entre pares mediante actividades recreativas, políticas, literarias y científicas.2
Es así como en 1860, un grupo de médicos recién egresados de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires impulsó la creación de la Asociación Médica Bonaerense (AMB). Con ella buscaron generar un espacio de debate científico mediante la organización de reuniones en donde se presentaban casos clínicos y se discutían cuestiones en torno a la defensa de los intereses profesionales. Durante su existencia, la Asociación tuvo momentos de actividad intensa y otros en donde funcionó solo en ocasiones especiales, para luego desaparecer definitivamente a finales de la década de 1870. Vinculada a este grupo surgió la Revista médico quirúrgica (RMQ), que funcionó de manera independiente de la Asociación y publicó sin pausa durante más de veinte años (entre 1864 y 1888), inclusive cuando esta última se hallaba ya disuelta. Este mérito es atribuible a Emilio Coni, estudiante y luego joven profesional, quien cumplió una destacada labor como redactor y luego director de la revista.3 Coni era hijo de Pablo Coni (Saint Malo 1826 - Buenos Aires 1910), inmigrante francés, tipógrafo de oficio, quien en 1859 fundó una casa editorial en Buenos Aires que trascendió a su muerte. Padre e hijo están asociados a la participación, edición y dirección de numerosas publicaciones científicas y literarias. En sus memorias, Emilio Coni (1918) relata que la imprenta de su padre fue en gran parte el sostén de la RMQ, dado que la revista no cubría sus gastos de impresión.
A pesar de estas dificultades económicas, durante la década de 1870 la revista fue pionera en Sudamérica en la ilustración científica, ya que recurrió a la estrategia del montaje de fotografías originales impresas en papel a la albúmina. En esta técnica se realiza la impresión del positivo por contacto directo con luz ultravioleta sin revelado químico. El papel, que debía estar libre de impurezas, era flotado en clara de huevo y cloruro de sodio. Posteriormente, era fotosensibilizado con un baño de nitrato de plata para formar con el cloro contenido en la solución de albúmina, sales de cloruro de plata (sal fotosensible), una vez seco, se colocaba el papel sensibilizado en contacto directo con un negativo fotográfico (que en aquel momento era al colodión) y se exponía a la luz solar con ayuda de una prensa. La luz actuaba sobre el nitrato de plata, creando la imagen. La imagen se revelaba lavando el papel con agua y luego se fijaba con una solución de tiosulfato de sodio para eliminar el exceso de nitrato de plata y hacer la imagen permanente. Se trata de un papel de muy bajo gramaje, muy fino, que precisaba de un segundo soporte para que no se curvara, por lo que normalmente se montaba sobre una cartulina (Stulik & Kaplan, 2013).
En las revistas médicas el montaje se realizaba sobre el papel ya impreso de la página, que tenía en el extremo superior el título de la revista y los datos de publicación (volumen, fecha y número). Presentaba también un marco impreso que delimita el espacio en el que debía ser pegada la fotografía y en la parte inferior un epígrafe en mayúsculas que conceptualizaba la dolencia. La página no sigue la numeración de la revista y, en algunos casos, presenta arrugas, que inferimos fueron producidas por la acción del encolado. Ejemplo de ello es la fotografía de un joven paciente que se muestra sentado en una silla con el torso desnudo, del cual le sale una enorme protuberancia del lateral izquierdo de su pecho, que llega hasta la cintura (Figura 1). El epígrafe afirma que lo que muestra es consecuencia de un lipoma (una protuberancia de grasa).
El conocimiento visual no es necesariamente autoevidente o autoexplicativo, es un producto histórico y cultural moldeado por las expectativas sociales, la visión de los especialistas y los medios que usaron para crearlo (Bredekamp, Dunkel & Schneider, 2015). Esta imagen sin la interacción con el texto que la enmarca dentro de las ciencias médicas bien podría haber sido parte de un álbum de curiosidades o una exhibición, tal como lo fueron las fotografías de enfermos de elefantiasis del fotógrafo comercial Christiano Junior. Se sabe, en cambio, por esta revista que el caso fue discutido en una reunión de la AMB en la que se encontraba presente el paciente, donde se debatió el diagnóstico y el tratamiento a seguir. Asimismo, que el médico Leopoldo Montes de Oca pidió que “se saque retrato y se tome un modelo en cera por cuenta de la Asociación, si consiente en ello el enfermo” y remarcó la importancia de estas acciones “para que sirva de lección en lo sucesivo” (Asociación Médica Bonaerense, 1877, p. 293).)

A partir de 1877 cobró protagonismo otro proyecto editorial vinculado a una nueva asociación profesional, el Círculo Médico Argentino. De modo similar a la AMB, en 1875 jóvenes egresados y estudiantes de Medicina, entre ellos, José María Ramos Mejía y Roberto Wernicke, buscaron conmover política y científicamente los cimientos de la enseñanza y la práctica profesional al fundar esta asociación. En 1877 comenzaron a editar los Anales Círculo Médico Argentino(ACMA), revista que fue caracterizada por Pablo Souza como el “repositorio de convenciones morales científicas, dado que permitió circular saberes referenciales en la profesión de la época, dio modelos de prácticas médicas y mapeos de las escuelas de distintas regiones de la ciencia y la medicina occidental” (2014, p. 351).
Como sostiene Sandra Szir (2009), las publicaciones periódicas son productos culturales complejos, resultado de un proceso colaborativo intelectual, material y técnico. Para comprenderlas cabalmente es necesario atender no solo a sus contenidos discursivos, sino también a su calidad de objetos materiales, ya que es una pieza gráfica con características propias. En este sentido, las revistas médicas, al igual que otras publicaciones periódicas de la época, no poseían una portada con papel de un gramaje diferenciado, puesto que estuvieron proyectadas desde un primer momento para que sus números fueran encuadernados en tomos anuales de tapa dura coleccionables que luego podían ser consultadas como libros; la numeración no se cortaba de número a número sino de un volumen a otro. Las revistas en su formato original tuvieron a la publicidad (sin paginar) agrupada en un primer pliego que, con la encuadernación, en muchas ocasiones, fue eliminado. No obstante, es posible observar sus huellas en la migración de las tintas o en alguna excepción a esta habitual práctica. Por su parte, el diseño de página de RMQ y ACMA constaba de una columna por página con la sola excepción de unas borlas como separadores de texto y las medidas de los tomos eran de 16 x 24 centímetros. En aquellos que incluían ilustraciones, fotografías, esquemas o cuadros estadísticos, estos estaban impresos en papel de mayor gramaje, en ocasiones brillante, y estaban intercaladas sin paginar.
Los altos costos de impresión de ACMA fueron preocupación frecuente para sus editores y redactores. Pablo Souza observa que:
el costo a veces determinó la cantidad de páginas para imprimir e influyó en las elecciones de material para editar; en pocas palabras, los costos materiales del proceso de edición a veces afectaban las líneas temáticas y, más en general, el contenido de la revista. (Souza, 2014, p. 382)
Aunque no se cuenta con datos concretos al respecto, es posible conjeturar que estos problemas de financiamiento se trasladaron también a la inclusión de ilustraciones y fotografías en los tomos, que, como vimos antes, requerían de un mayor presupuesto y/o pericia técnica que la simple tipografía. A pesar de estas dificultades, las imágenes estuvieron presentes en todos los volúmenes, tanto de la RMQ como de ACMA.
Para publicar fotografías, en un inicio ambas revistas hicieron uso de la estrategia de la mediación con el grabado litográfico, técnica que estaba presente en la Argentina desde 1828 gracias al suizo César Hipólito Bacle y su esposa, Andrea Macaire, cuyo taller fue muy importante para la proliferación de la imagen impresa. Tal como ocurrió en otras latitudes, la litografía “constituyó una de las condiciones de posibilidad para el surgimiento de los periódicos ilustrados y de una cultura visual que ampliaba sus posibilidades de multiplicación afectando todos los campos de la vida social” (Szir, 2013, p. 3).
Ejemplo de este tipo de imágenes es el caso presentado por Ignacio Pirovano en la RMQ, “Lipoma en la planta del pie” (Figura 2). Junto al texto se publicó una litografía firmada por Alberto Larsch en la cual se puede ver a un niño de cuerpo entero tomándose de una silla, su pie derecho está apoyado sobre este tumor benigno conformado por tejido graso con forma redondeada y “del tamaño de un huevo de avestruz”. Completan la composición un dibujo de la planta del pie del niño en la que se marca la “forma del colgajo y la incisión” (Pirovano, 1879, pp. 49-50). La pose en la que se encuentra el niño es la que se utilizaba en los estudios fotográficos para evitar el movimiento y posibilitar una mejor toma. Asimismo, la disposición de los elementos conecta este dibujo con las fotografías de estudio típicas de este momento que, a su vez, eran la continuación de una larga tradición retratística (West, 2004).

La necesidad de intermediar con el grabado mermó con la aparición de los procedimientos fotomecánicos de impresión, mediante los cuales las imágenes eran obtenidas directamente de las fotografías. Este método mecánico e indicial (index peirceano) otorgaba mayor percepción de fidelidad de la imagen con respecto a la realidad al ser producidas por contigüidad física.
La fototipia fue el primer proceso fotomecánico basado en una fotografía que pudo emplearse a gran escala. La técnica desarrollada por Alphonse Poitevin en 1855, también llamada fotolitografía, collotype en inglés o albertipo por las mejoras introducidas por Joseph Albert en la década siguiente, es un proceso fotomecánico que combina tecnología de impresión en plano y fotografía. Su base técnica radica en la transferencia de una imagen fotográfica a un soporte rígido recubierto de gelatina bicromatada; sustancia cuya característica fundamental es la cualidad de endurecerse bajo el efecto de la luz y repeler o absorber posteriormente la tinta durante la estampación de la matriz en función de que haya sido o no recubierta por alguna sustancia, de un modo similar a la litografía. Este proceso utilizaba una matriz diferente a la tipografía, por lo tanto, la impresión debía ser incluida en una página aparte, al igual que los grabados litográficos y en metal. Bajo el microscopio, la fototipia presenta la fina reticulación de la gelatina sensibilizada (Figura 3), responsable de la tonalidad casi continua de la imagen (Stulik & Kaplan, 2013).

La fototipia se popularizó en la cultura impresa a partir de mediados de 1870 y en Argentina se hallan en publicaciones como La Ilustración Argentina, pero también en las páginas de las revistas médicas que conforman el corpus documental de esta investigación. Por ejemplo, ACMA publicó el caso de “estrabismo concomitante” tratado por Pedro Roberts, ilustrado con las fotografías del antes y después de la cirugía correctora (Figura 4). Las imágenes presentan a un niño bien vestido posando para lo que podría ser un retrato social de estudio en un marco ovalado (Roberts, 1887). La fototipia, que lleva la firma del reconocido editor Guillermo Kraft, logra una imagen de gran calidad y de mucha fidelidad con la fotografía.

Las fotografías médicas incluidas en las revistas durante los años 1870 y una parte de 1880 responden a las posibilidades técnicas de la época y poseen elementos típicos del retrato de estudio, tales como muebles, telones de fondo y poses generalmente de cuerpo entero. Aun si hubieran sido tomadas por médicos u otros aficionados, reprodujeron muchas de las características del retrato de estudio profesional, presentan planos generales tomados desde una cierta distancia a partir de una cámara fija asentada sobre un trípode. Andrea Zittlau (2013) propone que la diferencia entre un retrato de estudio y una fotografía médica radica justamente en el detalle, es decir, que la imagen y su composición tengan la capacidad de llevar la mirada hacia la parte del cuerpo en donde radica la patología. En el caso de los primeros retratos médicos resultaba dificultoso hacerlo mediante primeros planos o recortes, pero aun así esto se consiguió mediante la pose, la desnudez y el uso de accesorios para elevar extremidades y jerarquizarlas dentro de la composición. Mientras el ilustrador podía incluir o excluir cualquier detalle que quisiera, los primeros fotógrafos no podían evitar incluir una gran cantidad de detalles excesivos.
Tanto la inclusión de fotografías originales como los procesos vinculados con la litografía implicaba una relativa disociación entre la imagen presentada y el discurrir textual al no poder ser incluidos dentro de la página con texto. Si bien se hacía referencia a ella y las imágenes solían tener un epígrafe que daba un nombre a la dolencia, el hecho de que estuvieran en una página aparte les daba una función más descriptiva y pocas veces se incluía más de una, por lo que era menos frecuente hacer comparaciones o análisis más profundos a partir de ella. A pesar de las limitaciones de las técnicas de reproducción de imágenes, la fotografía fue un legítimo “móvil inmutable” (Latour, 1990) que posibilitó el traslado de lo observado en el “territorio” al archivo científico y luego al espacio discursivo de las revistas médicas. Es posible afirmar que hasta 1890 la función de la fotografía, que estéticamente aún compartía los cánones del retrato de estudio, fue principalmente la de registro y compilación de casos patológicos.
Las revistas médicas de cara al siglo XX: la revolución del halftone
En las dos últimas décadas del siglo se dieron cambios sustantivos en la tecnología fotográfica con la aparición en el mercado de cámaras pequeñas, más cómodas para su transporte y que se independizaron de los trípodes, y con mejores lentes que disminuían los tiempos de exposición. En un sentido similar, los negativos de vidrio al gelatino-bromuro, también conocidos como ‘placa de vidrio seca’, desarrollo técnico del médico inglés Richard L. Maddox, ganaron popularidad durante la década de 1880 en desmedro del complejo proceso del colodión húmedo de las décadas previas. Con estas placas industrializadas, ya no era necesario prepararlas en el instante de la toma, sino que ya se comercializaban emulsionadas en cajas listas para ser usadas. Estas transformaciones tecnológicas multiplicaron tanto las ocasiones como los lugares en los que era posible realizar fotografías. A partir de ahora, el registro visual de la realidad dejó de ser un dominio exclusivo de los profesionales y sus estudios, ya que comenzaron a participar también los llamados “aficionados a la fotografía”, entre los que se contaban numerosos científicos y médicos que, gracias a sus conocimientos de física y química, podían desenvolverse con soltura en la técnica.
No obstante la importancia de las nuevas cámaras y negativos para la historia de la cultura visual, fue la unión entre la imprenta y la técnica fotográfica en la década de 1880 la que provocó un quiebre en los modos de circulación y consumo de imágenes fotográficas que perdurará durante todo el siglo XX hasta la aparición de la imagen digital. Verónica Tell (2017) llama a este proceso “segunda fase de industrialización de la fotografía” y argumenta que los cambios en los modos de producción, los soportes, la materialidad del objeto y la cantidad de público que las consumía también “impactaron sobre la imagen fotográfica de manera ostensible e irrevocable”.
Aunque estas técnicas llegaron a las revistas médicas con la utilización de la fototipia en la década de 1880, el método de reproducción que revolucionó la manera en que se publicaban y consumían fotografías en la Argentina fue, a partir de 1894, el medio tono o halftone. Esta técnica, también conocida como autotipia, fue patentada por George Meisenbach en 1882 y mejorada en los años siguientes por Frederic Ives y Max Levy. Consistía en usar una pantalla con una trama cuadriculada que se colocaba delante de la placa sensibilizada en la cámara, se copiaba la fotografía original a través de la trama y con esto se descomponía la imagen en pequeños puntos de diversos tonos que, vistos a la distancia, creaban una sensación de continuidad tonal (Figura 5). El grabador revelaba la placa y realizaba una copia por contacto sobre una plancha metálica. La trama de puntos se transfería a esa plancha y en la imprenta los puntos pasaban al papel (Stulik & Kaplan, 2013).

A partir de la aparición del halftone podían imprimirse una cantidad mucho mayor de imágenes a un precio relativamente bajo y en menos tiempo que con otras técnicas fotomecánicas, que por su alto costo y limitación en la tirada fueron reservadas para proyectos editoriales artísticos o de lujo. La gran diferencia respecto de los procedimientos planográficos, fue que el medio tono creaba la imagen a partir del relieve de un modo similar a la tipografía y, por lo tanto, permitía incluir imágenes en la misma página que el texto. Esta posibilidad dio lugar a cambios en la manera de organizar la diagramación de las publicaciones y, por consiguiente, en las maneras de comunicar información e ideas.
A medida que se generalizó el uso científico de la fotografía y que mejoraron las condiciones técnicas es posible observar en las fuentes documentales el uso del fondo neutro y la pose normalizada, en particular el retrato de frente y perfil, en detrimento de aquellas más vinculadas al retrato social de la década de 1870. El objetivo de seguir estas convenciones era no sólo crear imágenes que pudieran ser comparables entre sí, sino también reafirmar el vínculo entre fotografía y discurso científico, al tiempo que se ejercía un control sobre los cuerpos de personas que estaban bajo la mirada médica (Pantoja, 2024).
En el paso del siglo XIX al XX la prensa científica continuó cumpliendo un destacado rol en la compilación de información y circulación de debates tanto en el ámbito local como internacional. En sus páginas se tradujeron artículos y se opinó sobre lo que era propuesto en otras latitudes y, de este modo, colaboró en la vinculación de los científicos locales con una amplia red de profesionales. Sus ejemplares eran distribuidos a sus suscriptores y se canjeaban por publicaciones similares. De este modo, se incrementó la circulación de saberes clínicos y técnicas terapéuticas que se estaban practicando en diferentes lugares del mundo. Estas características, atribuibles a las primeras revistas médicas de la Argentina, son también las de aquellas que se sumaron al universo editorial del siglo XX, en particular la Revista de la Sociedad Médica Argentina, La Semana médica y Argentina médica.
La Revista de la Sociedad Médica Argentina, fue el órgano de prensa de la asociación homónima que se formó en 1891 con la participación de casi un centenar de interesados. Nuevamente, el —ahora— destacado higienista Emilio Coni se puso al frente del emprendimiento editorial. Al narrar las circunstancias de creación de la asociación, postuló la vacancia de un espacio exclusivamente para médicos, argumentando que la única asociación existente en la década, el Círculo Médico Argentino, era principalmente sostenida por estudiantes de medicina más que por graduados y, por este motivo, era considerada “inadecuada para la discusión académica científica” (Coni, 1893, p. 2). En este sentido, el grupo fundador deseaba no solamente vincular a los médicos entre sí, sino estimular la producción científica nacional mediante la presentación de casos clínicos en reuniones ordinarias, pero también en sus “secciones” en donde se trataban especialidades como cirugía, ginecología, pediatría, oftalmología, etc.
Comenzó a publicarse en enero de 1892 y reflejó la aspiración de la asociación de propiciar y divulgar la producción científica local en detrimento de las publicaciones de artículos de extranjeros que presentaban sus predecesoras. Coni se refirió a este emprendimiento editorial como “el archivo de todos los trabajos de los que se ha ocupado la Sociedad en sus sesiones científicas” (Coni, 1893, p. 2). Su publicación fue bimestral y, como era costumbre, se la canjeaba por otras revistas para la biblioteca de la asociación. El tamaño de los ejemplares es pequeño en los primeros años (22 x 17 cm), similar a RMQ y ACMA, pero en 1900 sus medidas aumentaron unos centímetros (25 x 18 cm). En un principio, la disposición del texto era en una sola columna y el diseño gráfico no presentaba rasgos innovadores, se publicaron algunos grabados y fototipias hasta que en 1895 incorporaron las fotografías impresas con la técnica del halftone y con ellas aumentó ostensiblemente la cantidad de imágenes impresas por tomo.
Otra revista de fin de siglo fue La semana médica, que comenzó su edición en 1894, y fue dirigida por el médico Tiburcio Padilla. La suscripción anual costaba 12 pesos y en sus páginas publicaron las actas de las reuniones de la Sociedad Médica Argentina, las resoluciones del Departamento Nacional de Higiene y la Dirección General de la Asistencia Pública, noticias sobre las Facultades de Medicina de las Universidades de Buenos Aires y de Córdoba y el movimiento de los hospitales. No obstante la atención a cuestiones generales de la salud pública y sus instituciones, se le otorgó también un importante lugar a la difusión de las prácticas médicas. Bajo el título “Programa” la dirección sostenía que su propósito era el de reunir el material sobre medicina general que se encontraba disperso, con la intención de crear un estímulo entre los que cultivan la medicina y por ello que su principal rol se iba “a desarrollar dentro del aula, a la cabecera del enfermo, en la mesa de operaciones y sobre el escritorio de los hombres que dirigen la marcha sanitaria del país” (“Programa”, 1894, p. 2). De un modo similar, Argentina médica. Semanario de medicina práctica comenzó a publicarse en 1903 y, como su título lo anunciaba, también aspiraba a ser una herramienta de trabajo para los practicantes de la medicina. En sus primeros años fue dirigida por los médicos Julio Méndez y Pedro Escudero. La revista era editada por el librero y editor especializado en publicaciones científicas, Agustín Etchepareborda, quien también se encargaba de la administración y los canjes con otras instituciones y revistas. La suscripción anual costaba 10 pesos y tenía un descuento para estudiantes. En las palabras introductorias del primer número, Méndez sostenía que la revista ofrecía sus columnas a todos los médicos que quisieran anotar en ellas las observaciones que se recogían “en la práctica médica y del laboratorio”, entendía que la divulgación era parte integrante de la profesión médica y que el conocimiento que no circulaba se tornaba estéril. Asimismo, efectuó un llamado a presentar trabajos originales, pero en especial “la anotación de fenómenos clínicos, de reacciones particulares, de modificaciones en los procedimientos y aún de hipótesis en estudio” que aportaran al lector “una contribución de hechos prácticos de fácil aplicación” (“Al cuerpo médico argentino”, 1903, p. 1).
En estas dos nuevas revistas el diseño gráfico se vio modificado con respecto a las precedentes, pues si bien se mantuvo la numeración continua por todo el tomo previendo su futura encuadernación, ahora eran impresas a dos columnas por página y las fotografías se encontraban casi siempre integradas a ellas; a las grandes fotografías de página completa, se agregaron imágenes en halftone de menor tamaño insertas en estas columnas, esquema que no era posible de realizar con otras técnicas fotomecánicas como la fototipia o la photogravure. Sobre todo a partir de 1900, los artículos publicados combinaban todo tipo de imágenes técnicas, no solamente gráficos, fotografías o grabados, sino también electrocardiogramas, radiografías e imágenes microscópicas. Si bien La Semana médica presentaba un formato apenas mayor que las revistas médicas pioneras, es Argentina médica la que se lanza con uno de gran tamaño (32,5 x 24 cm). Estas medidas hicieron posible la inclusión de varias fotografías combinadas con texto dentro de una misma página.
Con la inserción de imágenes múltiples en una misma página se amplió las maneras en que la fotografía era parte de las “tecnologías literarias” de las ciencias. Ya no solamente podía mostrar el registro de una enfermedad a los fines de compilarla, tampoco se limitaba a mostrar dos fotografías en un ejercicio de comparación del ‘antes y después’ que tenía como finalidad demostrar el éxito de determinado tratamiento. Ahora se abre la posibilidad también de armar un relato visual más complejo en el que se muestran grupos de fotografías que interactúan entre sí y con los textos que la rodean.
La fotografía médica continuó la tradición pictórica de ilustración de manuales técnico-científicos, con la promesa de retratar fielmente lo que sucedía sobre la mesa de operaciones durante una intervención. Estos acercamientos fotográficos a la anatomía, antes representados mediante la ilustración, solo fueron posibles con los avances tecnológicos de fines del siglo XIX y principios del XX, tanto de las cámaras fotográficas, que salían de los estudios para ubicarse dentro de las salas de cirugía, como de las técnicas de impresión, que multiplicaban la imagen fotográfica a través de la fotomecánica. Estas nuevas imágenes médicas no solamente multiplicaron los “testigos” (Shapin & Schaffer, 2005) de una acción concreta (en este caso una cirugía), también fueron una nueva herramienta comunicativa y pedagógica.
Y así lo hizo el especialista en vías urinarias, Federico Texo, con su texto explicativo de la operación de Bottini (tratamiento quirúrgico de la hipertrofia prostática), procedimiento que pretendía reemplazar la “prostatectomía perineal” propuesta por Alberto Castaño (Barisio, 2003). Este “manual operatorio” procuraba eliminar dudas y cuestionamientos mediante la descripción minuciosa de Texo sobre el instrumento quirúrgico utilizado por Bottini y su propuesta de mejoras en su utilización, como la realización de tres incisiones en lugar de una sola, y un ‘paso a paso’ ilustrado con fotografías. Como él mismo argumenta en relación con las fotografías y su capacidad de síntesis: con ellas “se puede seguir la marcha antes y después de la operación” (Texo, 1905, p. 41).
Componen la serie siete fotografías, cada una con su epígrafe que describe el tipo de incisión realizada. Las imágenes son rectangulares y apaisadas, pero a diferencia de los ejemplos reseñados con anterioridad, en este caso el protagonista de la toma no es el cuerpo del paciente, sino las manos del cirujano manipulando el instrumental (Figura 6). Si bien el rol pedagógico de la imagen es innegable por ser parte de un texto instructivo, a partir de las palabras del autor y de la bibliografía secundaria del artículo se puede inferir que se trataba de imágenes presentadas también como evidencia visual, que buscaban reforzar una propuesta quirúrgica diferente a las elegidas por otros profesionales.

Las fotografías presentadas en serie en un orden determinado, además de mostrar una progresión, presentan una acción in media res que recuerda a la cinematografía. Es decir, hacen partícipes al observador de la actividad experimental mientras está sucediendo y no meramente sus resultados. No es casual que estos ‘relatos visuales’ hubieran sido tomados pocos años después de que el joven cirujano Alejandro Posadas filmara una intervención de hernia inguinal y la extirpación de un quiste hidatídico de pulmón en 1899 en el Hospital de Clínicas, procedimiento experimental que luego llevaría su nombre (Cuarterolo, 2015). Esta notable coincidencia permite pensar en un clima de época en donde el afán experimental y la curiosidad por los nuevos medios de documentar y visualizar la realidad trabajaron en conjunto.
Asimismo, en los artículos ilustrados en estas revistas es posible percibir los límites de la técnica fotográfica de la época, en particular en los visibles retoques que dan énfasis a bordes o remarcan sombras que intensifican la sensación de tridimensionalidad. El monocromatismo, la poca sensibilidad de las emulsiones hacia algunos colores y la falta de profundidad de los objetos —entre otras dificultades—, hicieron necesaria la producción de una imagen híbrida, que conjugara la verosimilitud de la fotografía con la precisión de la ilustración. Este tipo de estrategias de retoque, muy comunes en el retrato de estudio, al contrario de lo que suele afirmarse, también estuvieron presentes en las fotografías científicas (Pereira et al., 2017) y no fueron en desmedro de su estatus de herramienta para la ciencia, justamente por el contexto de producción y circulación en el que se encontraban insertas.
Las nuevas posibilidades de las técnicas de impresión y de la fotografía, como artefacto reproducido en la misma página del texto, permitió la expansión de los usos científicos de la fotografía, además de posibilitar la compilación de casos clínicos, ahora podía crear relatos visuales a partir de series y, de este modo, dio lugar a que la medicina se presente como una disciplina basada en la experiencia y en la que era posible una verificación visual de sus actividades.
Reflexiones finales
La fotografía analógica, imagen mimética de la realidad generada mediante un proceso de ‘captura’ de la luz con una lente que precisa de un medio que le dé corporeidad, fue también percibida durante el siglo XIX como reveladora de cosas que iban más allá de lo visible, particularmente cuando se trataba de un retrato, por las cuestiones que podían connotarse a partir de ella. La manera en la que se produce una imagen, su materialidad, dónde se la publica, cómo se prepara la escenografía, poniendo o quitando objetos, y la pose que se solicita al sujeto, hacen a la fotografía testimonio de una época. Es la encarnación de un estado de la tecnología en determinado momento, pero también de ideas e ideologías.
A partir del corpus estudiado, es posible afirmar que la fotografía, lejos de constituir un recurso meramente ilustrativo dentro de las publicaciones médicas, operó como un “objeto operativo para las ciencias”, es decir, un dispositivo central en la construcción y legitimación del saber científico. Su eficacia no residió únicamente en la supuesta objetividad de este tipo de “imagen técnica”, sino en un entramado de decisiones materiales y gráficas, entre ellas el diseño, disposición, relación con el texto, cantidad y tipo de imágenes, que condicionaron tanto la experiencia perceptiva como los modos de comprensión y validación del conocimiento médico.
La transformación material de la fotografía en un objeto reproducible a gran escala, posibilitada por los avances en las técnicas de impresión, redefinió profundamente su función dentro de las revistas médicas. Al perder su carácter casi artesanal y multiplicarse en los soportes impresos, la imagen fotográfica adquirió una nueva potencia como evidencia visual, capaz de presentar prácticas, tratamientos y procedimientos experimentales ante una comunidad científica ampliada. Así, la fotografía no solo acompañó el proceso de profesionalización de la medicina moderna, sino que contribuyó activamente a modelar sus formas de comunicación, sus criterios de validación y su legitimidad social como activa parte de las “tecnologías literarias”. En este sentido, la autoridad atribuida a la fotografía se configuró en un proceso de retroalimentación entre sus usos científicos y su circulación social. Por un lado, su incorporación al ámbito médico reforzó la idea de la imagen fotográfica como evidencia confiable; por otro, el prestigio de la ciencia contribuyó a consolidar la fotografía como un “espejo de lo real”, aun cuando existía conciencia de las mediaciones técnicas y de las posibles manipulaciones implicadas en su producción.
Fuentes documentales
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Notas
Recepción: 30 Agosto 2025
Aprobación: 02 Febrero 2026
Publicación: 01 Abril 2026