Palabra Clave (La Plata), abril 2014, vol. 3, nº 2, p. 102-118. ISSN 1853-9912
Universidad Nacional de La Plata
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Departamento de Bibliotecología

Artículo/Article

Balance y perspectivas predominantes en la historia de la cultura escrita: una aproximación

[Balance and predominant perspectives in the history of written culture: an approach]

José Daniel Moncada Patiño

Grupo de Investigación en Información, Conocimiento y Sociedad de la Escuela Interamericana de Bibliotecología, Universidad de Antioquia y Plan Nacional de Patrimonio Bibliográfico y Documental, Ministerio de Cultura-Biblioteca Nacional de Colombia. Bogotá, Colombia. e-mail: jdmoncada@mincultura.gov.co

Resumen: El artículo reflexiona sobre la obra de los autores que son y serán referentes en los estudios históricos sobre la cultura escrita. No obstante, no pretende abarcarlos en su totalidad. En esta medida, se hace énfasis en las perspectivas teóricas y metodológicas de aquellos que se destacan en el campo. Realizar balances que vislumbren la complejidad de la historia de la cultura escrita como tema de investigación es una tarea obligada y necesaria para historiadores, literatos, sociólogos, antropólogos y bibliotecólogos, entre otros, que se inician en el estudio alrededor de este tema en el contexto latinoamericano y cuyos trabajos monográficos comienzan ya a integrar una corriente histórica en la región.

Palabras clave: Cultura escrita; Historia de la escritura; Historia de la lectura; Historia del libro.

Abstract: This article reflects about the authors that are and will be paradigms in the historical studies about written culture. However, this article doesn't pretend to do an extensive analysis about them or their works. Therefore, the interest is to emphasize on the theorical and methodological perspectives of some of them, which are predominant in the new studies about written culture. Studies that show the complexity of the written culture as research matter are a mandatory and necessary homework to historians, literates, sociologists, anthropologists, librarians, among others, which initiated the study about this topic in Latin American context and whose monographic works have started a new historical stream in the region.

Key words: Written culture; History of writing; History of reading; History of books.


Introducción

Las realidades de la de la cultura escrita dentro de las dinámicas y estructuras sociales en Hispanoamérica muestran un entramado cultural poco explorado. Por ello, es necesario llamar la atención sobre la realización de proyectos investigativos, que den cuenta de las bases que han fundamentado las reflexiones teóricas y las discursivas en torno a las prácticas de la cultura escrita; es decir, de la lectura y la escritura como expresiones de una cultura exteriorizada en todas sus posibilidades simbólicas, literarias, populares, personales e institucionales.

En acuerdo con lo anterior, la cultura escrita es concebida como las prácticas de lectura y escritura y los productos materiales derivados de ellas, los actores vinculados con la creación, difusión y circulación de estas prácticas: instituciones, escritores, lectores, editores, intelectuales, entre otros. Debido a las variadas posibilidades de reflexión en torno a la cultura escrita, esta ha sido abordada de manera fragmentada desde realidades geográficas y temáticas concretas, que se pueden diferenciar por sus posturas cuyas reflexiones han hecho énfasis en distintos conceptos, referentes teóricos y maneras de abordar las fuentes.

Sin pretender abarcar de manera total, se sistematizan diferentes aportes y valoraciones, realizados desde diversas latitudes que son y serán referentes en los estudios sobre historia de la cultura escrita. En forma adicional, se hace hincapié en dos perspectivas a nuestro modo de ver predominantes en los actuales estudios sobre el tema: la europea, desde la Nueva Historia francesa, y la que podríamos llamar corriente anglosajona, desde la historia cultural norteamericana. Ambas fundadas por reconocidos representantes, y cuyos aportes han sido de especial relevancia para el tema en los contextos europeo y anglo, algunos de ellos: el historiador francés Roger Chartier; el historiador estadounidense Robert Darnton y el antropólogo inglés Jack Goody.

Una aproximación al estado de los estudios sobre historia de la cultura escrita

Iniciar estudios alrededor de la historia cultura escrita, transita por el reconocimiento no sólo de los sujetos y los dispositivos que hacen parte de ella, sino también de las prácticas de la cultura escrita, es decir, la lectura y la escritura; de ahí que sea necesario tomar en cuenta las tensiones políticas, económicas, sociales, culturales e incluso jurídicas que de ellas se desprenden. Se han realizado investigaciones cuyos aportes han evidenciado el desarrollo de la historia de la cultura escrita desde el plano institucional, económico, educativo, cultural y político, como eje articulador de unas configuraciones discursivas que pugnan por sobresalir en contextos más amplios.

Estos estudios han distinguido entre instituciones y actores en distintos períodos de tiempo; y han centrando su atención en los productos materiales de las prácticas de lectura y escritura. Sin embargo, escasos trabajos han analizado estas como un único universo, en donde todos estos elementos se vinculen como parte de un sistema. Esto ha dado como resultado distintas posturas frente a la interpretación de la cultura escrita y sus componentes subyacentes.

A lo sumo, muchos trabajos según Rubalcaba Pérez (2004) se han centrado en los aspectos relativos al análisis cuantitativo, en porcentajes y estadísticas. Esto ha afectado la comprensión de las prácticas de lectura y escritura en términos cualitativos, y cuyas interpretaciones deberían vincular los usos y apropiaciones que de los textos y los escritos han hecho los sujetos con el concepto de cultura escrita en contextos amplios. Según Armando Petrucci, las fuentes primarias para la realización de este tipo de estudios es «un material disperso, no individualizado ni inventariado, de verdaderos y auténticos fragmentos supervivientes a una actuación de destrucción indiferente» (Petrucci, 2000, p. 67-75). Lo anterior se vincula a los enfoques teóricos y metodológicos que han sobresalido en el estudio de la historia de la cultura escrita, los modos como estos han conectado el objeto de estudio a la realidad social y las formas de abordar las fuentes.

Los estudios sobre historia de la cultura escrita, tienen en países como Italia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos y recientemente en España, una gran tradición, de sobrada calidad y reconocimiento desde hace ya más de dos décadas. Los primeros trabajos históricos se enfocaban esencialmente en la alfabetización, centrada en su distribución y variación en diferentes grupos sociales, por ello se acercaban al análisis estadísticos y cuantitativos de corte descriptivo. Los estudios que pueden ser enmarcados dentro de esta línea discurrían exclusivamente sobre un modo de alfabetización: el comprendido dentro del proceso de escolarización, lo que le da una característica especial, ligándolos en primera medida como una parte de la historia de la educación (Rubalcaba Pérez, 2004; Castillo Gómez, 1995; Viñao Frago, 1984).

Los trabajos de años posteriores contribuyeron a la aparición de nuevas configuraciones teóricas sobre la historia de la alfabetización que le darían autonomía respecto a la de la educación, aun cuando todavía tuviera aspectos comunes predominantes. Sin embargo, estos estudios se limitaron según Harvey Graff (1981) a los niveles de alfabetización de las élites en diferentes poblaciones o subgrupos y como un asunto examinado de manera conexa a temas de mayor profundidad en los análisis. En la década de los sesenta, se hace más visible en el escenario de la investigación histórica una corriente interesada por los estudios que buscan resaltar los vínculos u oposiciones entre el proceso de alfabetización, sus signos y condicionantes, y las formas de pensamiento humano, lo que implicó una relación más estrecha con la historia de la escritura (Castillo Gómez y Sáez, 1994).

Graff (1986), uno de los estudiosos más importantes del tema, divide los estudios sobre historia de la alfabetización y la cultura escrita en dos generaciones: una primera, de la que se hacen parte los trabajos pioneros realizados por Carlo María Cipolla (1969), Lawrence Stone (1964,1969), Jack Goody (1968) y Elizabeth Eisenstein (1979). Estas primeras investigaciones se caracterizaron por pretender indagar sobre «la difusión social de la capacidad de escribir y leer o las repercusiones de la introducción del registro escrito en las sociedades ágrafas» (Castillo Gómez, 1995a, p. 213). Los estudios de historia del alfabetismo en este grupo establecen las primeras cronologías, identifican las fuentes pertinentes, especialmente las de carácter cuantitativo e «inician el camino de los estudios comparativos a partir de la variable de la firma y se plantean, a veces de forma especulativa, los factores más decisivos y sus consecuencias cognitivas y sociales» (Castillo Gómez y Sáez, 1994, p. 137).

Según Castillo Gómez y Sáez (1994), la segunda generación de estudios sobre alfabetización, más generalista y reflexiva, aprovechó ese cúmulo de datos cuantitativos, atribuyendo a estos mayor contextualización y reconocimiento de los factores ideológicos y culturales que intervenían en los usos del alfabetismo, es decir, en las prácticas de escritura y lectura. De igual forma, profundizaron en los enfoques teóricos y metodológicos, respecto de los estudios comparativos, y señalaron las limitaciones de los cuantitativos. En esta línea, se pueden mencionar los trabajos realizados por: Sanderson (1972), Roger Schofield (1973), A. Lockridge (1974), Eric A. Havelock (1976), Egil Johansson (1977), David Cressy (1977), Harvey Graff (1978, 1979, 1981, 1989), Michael T. Clanchy (1979), Soltow y Stevens (1981), otras obras del referido Jack Goody (1985, 1990).

Estas indagaciones partieron de la premisa del analfabetismo como consecuencia lógica de un proceso de alfabetización nulo y, por tanto, era necesario socavar más allá de las causas, los actores y las formas de desarrollo de ambos procesos. Conceptos e interpretaciones se integraron desde otras disciplinas y campos del saber con intereses particulares. La antropología, por ejemplo, se interesó por las modelaciones del lenguaje y los modos de transmisión de los conocimientos y la memoria en comunidades con ausencia de escritura. A la sociología le importó el analfabetismo como factor social que intervenía en el desenvolvimiento de las sociedades y sus modos de producción; y a la psicología le incumbió el comportamiento del sujeto analfabeto en comparación con el alfabetizado.

Al indagar sobre el tema de la alfabetización abordado desde estas múltiples perspectivas, se concluyó que existían dos procesos alfabetizadores en vez de uno: el de la difusión de la lectura y el de la difusión de la escritura (Havelock, 1976). Es decir que, «aunque los historiadores que han abordado la alfabetización como fenómeno histórico han evaluado normalmente su progreso basándose en la historia de la escritura, las condiciones reales de la alfabetización no dependen de esa historia, sino de la protagonizada por la lectura» (Rubalcaba Pérez, 2004, p. 28).

Este último aspecto significó la aparición del estudio de la oralidad y el paso de la cultura oral a la escrita, asuntos que anteriormente habían estado olvidados por los trabajos sobre alfabetización y en los que los aportes hechos desde la antropología fueron cruciales. Así entonces, por citar solo algunos: Claude Lévi-Strauss (1958), Marshall Mcluhan (1962), Walter Ong (1987) y de nuevo Jack Goody (1968). Los estudios posteriores sobre alfabetización, vinculados más estrechamente con la oralidad y basados en las nociones estructuralistas (y después socio-lingüísticas causadas por el denominado giro lingüístico), impulsaron en paralelo las perspectivas socio-culturales de la Escuela de los Annales, relacionadas especialmente con la historia del libro y de la lectura. Ello implicaría el advenimiento de una tercera generación que ya había sido insinuada por Graff (1986).

En esta tercera generación se pueden distinguir dos líneas de trabajo que, con diferentes enfoques teóricos y metodológicos, han influido decisivamente en los estudios actuales sobre el tema. En primer lugar, está la que encabeza el historiador francés Roger Chartier, desde la perspectiva de la nueva historia francesa. En segundo lugar se encuentra la orientación anglosajona, en la que aparecen como máximos exponentes el historiador Robert Darnton y el antropólogo Jack Goody.

De otro lado, existen otras propuestas como la italiana, cuyos promotores son Armando Petrucci (1986, 1989, 2000) y Attilio Bartoli (1996). Éstos conciben el estudio de la cultura escrita como el análisis de las prácticas de escritura y de lectura, centradas en el manuscrito como dispositivo. Aunque Petrucci y Bartoli se circunscriben en una línea de renovación disciplinar de la paleografía, sus objetivos no se centran ya en el estudio de las técnicas de escritura y las formas gráficas, sino en las estructuras sociales, económicas y culturales que las sociedades crean a partir de ellas.

De igual manera, en atención a lo anterior, también cabría destacar los aportes realizados por Jean Bottero y León Vandermeersch (1995), Henri-Jean Martin (1999), Jean-François Botrel (1993), Certeau, Michel (1982), David Olson (1998), Carlo Ginzburg (1976), Peter Burke (2002, 2002a, 2006). Así como los de Benedict Anderson (1993), Natalie Zemon Davis (1993), Amory y Hall (2000) y, recientemente, los del británico Alexander S. Wilkinson (2011).

Adicionalmente, pueden resaltarse las contribuciones para el caso hispanoamericano realizados por los españoles Agustín Millares Carlo (1970), Antonio Castillo Gómez (1995a, 1999, 2002), Fernando Bouza Álvarez (1992, 1998, 2001), Jaime González Rodríguez (1997), Carlos Alberto González Sánchez (1999, 2003, 2005, 2006, 2006a, 2008), entre otros.

Los nuevos enfoques de análisis volcados al aspecto cualitativo han planteado temas de investigación inclinados a conocer las funciones políticas y socialmente atribuidas a los productos escritos, el prestigio social de los actores, los contextos de aprendizaje de la escritura y la lectura, junto con la necesidad social de aprender estas prácticas. Este énfasis en el análisis de los contextos de los escritos -manuscritos o impresos-, destaca las contribuciones desde la diplomática, la paleografía, la filología y la archivística, como los de Francisco Gimeno Blay (1999), Riesco Terrero (1998, 2000), Manuel Romero Tallafigo (2004), Ostoloza Eliozondo (1999), Susana Cabezas Fontanilla (2008), Elisa Ruiz García (1999), entre otros; importantes no por sus vínculos con la cultura escrita, sino por las técnicas de análisis a los modos de producción de los escritos.

En América Latina, aunque rezagada, se han desarrollado investigaciones de gran interés. En ellas han prevalecido, de un lado, las aproximaciones fragmentarias sobre la cultura escrita y, de otro, una tendencia a la realización de historias institucionales. Vale mencionar que tales trabajos constituyen un capital fundamental para el estudio del tema en la región. Para iniciar, es preciso resaltar la obra de Ángel Rama (1984), La ciudad letrada, en la cual prescribió al hombre letrado de las ciudades coloniales como una figura socio-política que acumuló y controló el poder por medio de la coacción de lo escrito y que fue punto de partida para trabajos relacionados con las prácticas sociales, la cultura política y la crítica literaria en la Hispanoamérica colonial, así como pieza clave para entender las relaciones sociales que se crean a partir de la cultura escrita entre los intelectuales y la literatura.

El caso de México es de extraordinario valor, en tanto cuenta con una extensa bibliografía al respecto, con autores como Francisco Fernández del Castillo (1982), José Luis Martínez (1986), María Isabel Grañen Porrúa (1991), Elías Trabulse (1993), Carmen Castañeda (1993, 2001, 2002, 2010, 2010a), Cristina Gómez Álvarez y Francisco Téllez Guerrero (1997, 1997a), Idalia García (2007), entre algunos otros.

En Perú: Teodoro Hampe Martínez (1995, 1996), Magdalena Chocano Mena (1995, 2000), Cesar Augusto Castro Aliaga (2002), José Ramón Jouve Martín (2005); en Argentina: José Torre Revello (1940), Alejandro Parada (2007, 2010), Silvano G. A. Benito Moya (2005, 2011, 2012). En Chile: Isabel Cruz de Amenábar (1989), Bernardo Subercaseaux (1984, 2000, 2010), Ariadna Biotti Silva (2010), Juan Poblete (2003), Álvaro Soffia Serrano (2003). En Brasil: Luiz Carlos Villalta (1997, 2006, 2008), Marcia Abreu (1999, 2005, 2008), Leila Mezan Algranti (2004), Thais Nivia de Lima e Fonseca (2009), Ana Maria de Oliveira Galvão (2007), Silvia María Amancio Rachi Vartuli (2012); y para el caso de Paraguay los trabajos de Eduardo Neumann (2004, 2005, 2007, 2008).

Es común encontrar en estas investigaciones referencias a Chartier y otros autores europeos que privilegian la vinculación del mundo de la cultura escrita con los procesos culturales de larga duración y los fenómenos estructurales de la cultura. Asimismo, son innegables las citas a Darnton, Goody y Burke en la búsqueda por trabajar contextos culturales particulares. Sin embargo, el concepto cultura escrita no parece aún incorporado en todas sus dimensiones y complejidades.

En Colombia, aunque apenas se comenzó a trabajar sistemáticamente el tema desde la historia, la antropología, la sociología, la educación y las ciencias de la información (bibliotecología y archivística), no se pueden perder de vista las primeras exploraciones que dejaron las investigaciones clásicas sobre la historia de la imprenta y del libro. Estas fueron las realizadas por Saldaña (1916), Aníbal Currea Restrepo (1937), Luis Augusto Cuervo (1943), Armando Gómez Latorre (1957), Rafael Martínez (1961), Gabriel Giraldo Jaramillo (1957).

De igual modo, a partir de la década de los setenta del siglo pasado comenzaron a aparecer indagaciones históricas sobre bibliotecas colombianas, como las de Guillermo Hernández de Alba y Juan Carrasquilla Botero (1977), Jaime Jaramillo Uribe (1982), María Teresa Cristina (1989), Luz Posada de Greiff (1989), Eduardo Ruiz Martínez (1990) y Lina Espitaleta de Villegas (1994). Ya en 1998 se comienza a relacionar las perspectivas europea o anglo o, al menos, a hacer mención a la historia de la lectura y la historia del libro. El primer texto en hacerlo es, tal vez, el de Renán Silva (1998) «Prácticas de lectura, ámbitos privados y formulación de un espacio público moderno». Hay otras investigaciones del autor que no sólo se vincula con la cultura escrita y sus prácticas, sino también con la historia intelectual, la cual tiene ya un importante espacio en Colombia.

En consecuencia, referenciamos también los estudios de Marta Zambrano (2000), Juan Gustavo Cobo Borda (2000), de nuevo Renán Silva (2005), Juan Guillermo Gómez García (2005, 2008, 2011), Orlanda Jaramillo (2005, 2005a, 2006), Jorge Orlando Melo (2007), Alfonso Rubio (2007), Álvaro Garzón (2008), Gilberto Loaiza Cano (2009) y Juan David Murillo Sandoval (2010, 2012). También trabajos monográficos de grado como los de Nelly Rivera y Rodrigo González (1997), Catalina Muños Rojas (2001) y Juan David Murillo Sandoval (2011).

Perspectivas predominantes en los estudios contemporáneos sobre historia de la cultura escrita

Como ya se ha mencionado, dos posiciones sobresalen en este campo de la historia de la cultura escrita. La primera, marcada por las interpretaciones de la nueva historia, es la que adopta el historiador francés Roger Chartier (1987, 1991, 1994, 1994a, 2006, 2009; Chartier y Martin, 1991), quien concibe su centrado en las formas de los escrito, la lectura, los lectores y las bibliotecas, como prácticas culturales, que a la vez son un segmento de prácticas sociales mucho más complejas. Chartier afirma que esta corriente se inició con el texto pionero de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin (1958), La aparición del libro. La historia cultural de lo social, denominada así por el mismo Chartier, se centra en las estructuras y en los procesos de cambio social y, en este sentido, en las transformaciones de las maneras de leer (Chartier y Cavallo, 2001) y escribir (Cue, 1999; Chartier, 2009, 1994).

La segunda es la postura del historiador norteamericano Robert Darnton (2003, 2005, 2006), quien forma parte de una corriente anglosajona de la que también participan figuras tan destacadas como Natalie Zemon Davis (1993) y Jack Goody (de quien ya hemos mencionado sus obras). La perspectiva de estos insiste en la necesidad de estudios que analicen las consecuencias que representa la cultura escrita para el desarrollo de las sociedades. Implicaciones que no deben ser vistas de manera unilateral, sino por el contrario en diálogo interdisciplinar, como una manera de vincular los estudios de historia de la cultura escrita con la antropología y la sociología. Darnton, por ejemplo, centra su atención en el microanálisis de «los procesos internos por los que los lectores dan sentido a las palabras» (Pallares Burke, 2005, p. 313). Así entonces, Darnton explica la diferencia entre el enfoque anglosajón y el de la escuela francesa de los Annales:

Pienso que como un no francés, como americano, no puedo identificarme totalmente con Annales. Hice mi pos graduación en Oxford y tengo que confesar que probablemente quedé infectado por el empirismo británico; con eso quiero decir que me animaron a hacer investigaciones en archivos y a respetar lo que los británicos llaman los hechos (Pallares Burke, 2005, p. 204-205)

Con la ayuda de esta división establecida por los dos historiadores de la cultura escrita más destacados en la historiografía contemporánea, se pueden revisar algunos trabajos en el campo con sus características más acentuadas.

Una visión de la historia de la cultura escrita de varios autores franceses, inspirados en los escritos de Lucien Febvre y Marc Bloch, se percibe en la historiografía actual en los estudios de Jean francios Gilmont (1998), Martyn Lyons (1998) y sobre todo de Guglielmo Cavallo y Roger Chartier (2001). Para este último, la historia de la cultura escrita surge de dos tradiciones: una desde la historia de la literatura y la otra desde la historia de la cultura, donde él sitúa su propio trabajo (Cue, 1999). En el primer caso, literatos, bibliógrafos y paleógrafos han tomado el libro como objeto de estudio en sí mismo, sin importar el contenido ni sus nexos culturales e intelectuales; en el segundo, los historiadores, sobre todo de la corriente de la nueva historia francesa, lo han tomado como objeto cultural, interesándose por las prácticas de la lectura y por el perfil del lector (Cue, 1999).

El interés de Chartier por la lectura, el libro, los lectores y las bibliotecas, integrado a la historia cultural, está mediado por el análisis de la lectura como una práctica que en su momento ocasionó una revolución cultural, y que está atravesada por fenómenos como el paso de la lectura del texto religioso a la lectura del texto secular, el surgimiento de la imprenta, el Renacimiento, el Humanismo y, en general, la modernidad como puntos críticos de la mencionada revolución (Cue, 1999).

Esta visión francesa no pesa en toda la expresión de la historiografía de la lectura europea. Una visión diferente se presenta en el libro Carlo Ginzburg (1976): El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo XVI. En dicho texto, el autor formula una hipótesis sobre la cultura popular en la Italia del siglo XVI. Aunque este libro no es en sentido estricto un estudio sobre la cultura escrita, tiene como referente fundamental el mundo de la lectura en el caso de un campesino italiano. La diferencia entre los estudios de Ginzburg y los de Chartier radica en los enfoques que usan ambos historiadores. En el primer caso, la investigación se desarrolla bajo un punto de vista centrado en el lector y sus prácticas; en el segundo se concentra en procesos culturales más amplios en los que se interpretan y generalizan las situaciones propias del lector y la lectura.

La corriente de la nueva historia parte de conceptos amplios para construir hechos, tal como lo expresa Robert Darnton:

Hay mucho que decir sobre el lado artesanal de la investigación histórica, la ida a los archivos, el descubrimiento de cosas nuevas y el esfuerzo de darles sentido. Eso es, de alguna manera, diferente a los que se hace en la Escuela de los Annales, que comienza con grandes conceptos, tales como estructura y coyuntura. Así era, al menos, como ellos comenzaban. Ahora sé que existe más interés por la historia antropológica. Comparto ese interés y diría que me siento próximo a la Escuela de los Annales y, si se prefiere, a la nueva historia: pero esa proximidad no significa que deje de lado la perspectiva más angloamericana (Pallares Burke, 2005, p.205).

En el caso anglosajón se podrían revisar de un lado, los trabajos antropológicos sobre cultura escrita y de otro las investigaciones de los historiadores de la nueva historia cultural norteamericana cuya visión difiere de los historiadores europeos. En el primer caso, es necesario mencionar el trabajo del antropólogo inglés Jack Goody, quien afirma que la historia de las sociedades ha estado marcada por una diferenciación entre las culturas que no poseen escritura -ágrafas o primitivas- y las que poseen cultura escrita -civilizadas-.

Esta diferenciación, para Goody (1968), es comprensible en tanto que la adquisición del lenguaje, inicialmente, y de la escritura, posteriormente, permitió al hombre acceder a una forma de organización social más compleja. Goody (1968) lo ilustra con un ejemplo claro: el origen de la cultura occidental se ha puesto tanto en el desarrollo de la civilización griega, como en el surgimiento de las lenguas indoeuropeas y los adelantos tecnológicos, en general de la edad de bronce y sus consecuencias frente al trabajo y las divisiones sociales. Estas interpretaciones han dejado de lado la revolución que representó para la cultura occidental la invención de la escritura en el cercano oriente y fue un gran cambio en la estructura de la tradición cultural.

La cultura escrita y sus consecuencias en las sociedades no inician con la consolidación de un alfabeto fonético complejo, es decir, con la invención del alfabeto griego. Las sociedades con sistemas de escritura pictográficas e ideográficas también experimentaron una gran revolución cultural, sin la cual, además, no se generaría la búsqueda de sistemas más complejos y completos de comunicación. Estos sistemas de escritura coexisten y estas transformaciones tienen que ver con diversos aspectos sociales y culturales, como la transmisión de los valores culturales, las ideas de historia, mito, tradición intelectual, religión, concepciones del tiempo, estratificación social, que de manera evidente cambian de las sociedades sin cultura escrita a las que sí la poseen. Hay que anotar, ya en el plano de la intención del autor con el texto, que hay una clara pretensión de vincular los estudios históricos con los antropológicos y los sociológicos, en tanto para él, la antropología se ha dedicado al estudio de las sociedades «primitivas», mientas que la sociología a las «civilizadas».

Para Goody (1990), un estudio histórico sobre las consecuencias de la cultura escrita implica varias situaciones: de un lado, que la sociología genere un interés más profundo por la historia, en tanto sus interpretaciones contemporáneas deben estar puestas sobre la base de que los hechos sociales descansan sobre materiales acumulados en períodos anteriores. De otro lado, la sociología, al encargarse del estudio, fundamentalmente, de la vida colectiva, debería interpretar en la antropología una forma de comprender la conducta de los individuos concretos que componen la sociedad, en especial si se tiene en cuenta que la sociología estudia las sociedades con cultura escrita, pues en éstas, gran parte de las funciones de la tradición oral se cumplen al nivel interior del individuo.

Para los historiadores, la tendencia norteamericana está marcada por dos autores fundamentales: Natalie Zemon Davis y Robert Darnton. En el caso de Zemon Davis, su campo no es propiamente la historia de la cultura escrita sino la historia social y cultural en general, en especial temas normalmente ignorados como el papel de las mujeres o de los trabajadores. La perspectiva de esta historiadora se centra en la diversidad y multiplicidad de fuentes primarias que usa: registros judiciales, panfletos, protocolos notariales, censos tributarios, libros y documentos de asistencia social, entre otros.

En cuanto a Darnton, su enfoque y el uso de las fuentes en su trabajo atiende a una mirada que se centra en el lector y no en los procesos de cambio ni en las estructuras culturales (tal el interés de Chartier). Esta particularidad es clara en su obra La gran matanza de gatos y otros episodio en la historia de la cultura francesa (1987), especialmente en el capítulo «La rebelión de los obreros: la gran matanza de gatos en la calle Saint-Severin», en la cual reconstruye una historia de los talleres de impresión franceses en el siglo XVIII a partir de las notas anecdóticas que dejó un aprendiz de impresor.

Para Darnton (1993) la historia de la lectura no busca reconocer, por ejemplo, los cambios en los hábitos de lectura, ni usa, únicamente, fuentes ajenas a los lectores como ocurre en la historiografía francesa (catálogos de bibliotecas, listas de libros), cuyos estudios se dedican a saber «quién leyó qué en distintos momentos» -un macro analítico y cuantitativo-. La historia de la lectura debe ser, entonces, micro analítica y buscar «los procesos internos por los que los lectores dan sentido a las palabras» (Darnton, 1993).

A modo de conclusión

La cultura escrita, entendida como el conjunto de prácticas que componen el mundo de la lectura y la escritura, es sin duda un asunto de posibilidades imperecederas de reflexión, más aún si es abordado desde realidades geográficas y temáticas concretas, diferenciadas por sus posturas teóricas y metodológicas. La cultura escrita forma parte del entorno socio-cultural dentro de las dinámicas y estructuras sociales; es un esqueleto cultural conexo entre sí del cual se derivan grandes temas aún inexplorados.

Si bien este tipo de estudios históricos tienen una larga tradición en Europa y el mundo anglosajón, apenas recientemente se han vinculado, desde la historia social y cultural, a un espectro de investigaciones más complejas que supere los problemas iniciales ligados a la alfabetización y a los entramados entre las prácticas, los dispositivos, los sujetos y las instituciones. Esta evolución ha permitido el desarrollo de un área de suma importancia en la historiografía actual. Por tanto, las revisiones de este tipo son importantes para el caso de América Latina, pues aportan líneas de trabajo y amplían el panorama presente, siempre enfatizando las particularidades de la cultura escrita en la región, pero sin olvidar por ello las condiciones coyunturales dentro de las cuales tiene lugar ese desenvolvimiento, como la organización de las sociedades hispanoamericanas o las condiciones de formación de las naciones Latinoamericanas.

Profundizar en las bases que han fundamentado las diferentes reflexiones en torno a las prácticas de la cultura escrita en la historia, como formas de expresión exteriorizadas en todas sus posibilidades, constituye el punto de partida de las relaciones necesarias para unir en un conjunto complejo pero ideal, la lectura, la escritura y la cultura con el desarrollo de la educación y el conocimiento. Las tensiones que se entretejen entre estos asuntos son críticas, ya que deben tomar en cuenta el contexto, los medios, las representaciones y los actores.

Por tanto, las transformaciones en la historia de la lectura y la escritura son un punto clave para un extenso razonamiento entorno a las relaciones estructurales del hombre y la sociedad. Abundantes estudios han analizado la lectura y la escritura en la historia -aunque por separado-, demostrando su conveniencia en la explicación de problemas de carácter económico, social, político y cultural. Estos, además, han tenido como base lo público y lo privado, lo que era visto por todos y lo que era vedado por la intimidad, desde la vida antigua hasta la actualidad.

Por otra parte, dos miradas sobresalen en los estudios contemporáneos sobre historia de la cultura escrita: una europea, en cabeza del historiador francés, Roger Chartier, desde la Nueva Historia francesa; y una anglosajona, liderada por el historiador Robert Darnton y el antropólogo Jack Goody, desde la historia cultural norteamericana. Tales perspectivas diferenciadas por sus orientaciones teóricas y metodológicas han influido decisivamente en los estudios actuales. La primera, hace énfasis en las relaciones sociales que entre el libro y el lector se crean dentro de procesos culturales amplios de larga duración; la segunda insiste en el lector, el libro y la lectura en sus relaciones internas.

Los temas, entonces, que se derivan del estudio de la historia de la cultura escrita, sus prácticas, medios, instrumentos y los actores son incalculables, solo a manera de ejemplo: los modos de lectura, los soportes escriturarios y la utilización de los mismos, son asuntos que de ser afrontados de manera consistente, dan cuenta de por qué los efectos de la lectura y la escritura fueron más o menos decisivos en momentos y espacios determinados. La aparición de la imprenta, la masificación del libro y la constitución de una cultura impresa son atributos de la sociedad y su cultura. Por otro lado, también existen otros resquicios que avivan las palabras y encuentran eco más allá de la memoria, como es el caso de los panfletos, en tiempos de revolución. Por último, no debemos olvidar que los impactos de la sociedad digital, que ha creado nuevos tipos de alfabetización (la informacional y la tecnológica), modalidades de escritura y lectura, soportes y formas de comunicación, etc. A este conjunto de circunstancias también pueden aportar las perspectivas aquí revisadas.

Nota

El artículo se enmarca en los resultados de la investigación El universo de la lectura: Lectores, escritores, librerías y bibliotecas en Medellín, 1870 - 1930. Financiado por el Centro de Investigaciones en Ciencia de la Información CICINF. Escuela Interamericana de Bibliotecología - Universidad de Antioquia, Colombia.

Bibliografía

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Recibido: 10 de febrero de 2014.
Revisado: 13 de marzo de 2014.
Aceptado: 26 de marzo de 2014.

Cita recomendada:

Moncada Patiño, José Daniel. 2014. Balance y perspectivas predominantes en la historia de la cultura escrita: una aproximación. Palabra Clave (La Plata) [en línea], vol. 3, nº 2, p. 102-118. Disponible en: http://www.palabraclave.fahce.unlp.edu.ar.


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