Palabra Clave (La Plata), abril 2017, vol. 6, n° 2, e024. ISSN 1853-9912 
Universidad Nacional de La Plata
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Departamento de Bibliotecología


Artículo de opinión/Opinion essay

 

Antojolías”: los modos de consagración en el campo de la bibliotecología y ciencia de la información internacionales


Rubén Urbizagástegui-Alvarado

Universidad de California en Riverside, Riverside, California, USA
ruben@ucr.edu

 

Cita recomendada: Urbizagástegui-Alvarado, R. (2017). “Antojolías”: los modos de consagración en el campo de la bibliotecología y ciencia de la información internacionales. Palabra Clave (La Plata), 6(2), e024. https://doi.org/10.24215/PCe024

 



Fue el escritor español Juan Ramón Jiménez quien se refería a las “antologías” como “antojolías”, pues irónicamente esas supuestas antologías de algún género literario o lo que fuera, reflejaban más bien los “antojitos” de los responsables de las supuestas recopilaciones de las obras notables que por algún motivo en particular se compilaban. Recopilar significa también rendir homenaje, hacerlos visibles, tornarlos “autoridades”, que en palabras de Pierre Bourdieu (1983a), sería otorgarles la competencia para que puedan hablar de, y ser hablados en, una práctica científica concreta. Por ejemplo, en el campo de la bibliotecología y la ciencia de la información (BCI).

¿Qué cualidades, condiciones o variables serían necesarios tener en cuenta (llevar en consideración) para clasificar a una persona como una autoridad, o un “forjador”, o un “impulsor” en el campo de la BCI?

Responder a esta pregunta es fundamental para la comprensión del campo de la BCI y sus modos de consagración que surgen luego de la lectura de Forjadores e impulsores de la bibliotecología latinoamericana: Colombia, de Estela Morales Campos, Edilma Naranjo Vélez, Nora Elena Rendón Giraldo (2016). Un capítulo más del libro general de Morales Campos (2006).

La respuesta a esta cuestión es ciertamente compleja pero de ninguna manera es la simple ocupación de puestos (cargos directivos). Pero vayamos por partes:

Primero: sería necesario formación académica. Cuanto mayor es la formación académica mayores son las posibilidades de acumular capital cultural y tornarse una autoridad en un campo científico. No es lo mismo la producción intelectual de un licenciado que de una persona poseedora de un post-doctorado. Lógicamente uno espera que la producción académica de una persona con post-doctorado sea de mayor calidad que la de una persona con licenciatura. Esto, lógico, como tendencia (Siempre hay excepciones a la regla). Pero no es tan simple. Para acceder a un alta formación académica se hace necesario tener capital económico. Sin capital económico ni pensar en llegar a un doctorado o post-doctorado. Si no hay dinero, hay que apelar a las “becas”. Pero para acceder a las becas, en la gran mayoría de los países si no en todos, hay que tener relaciones sociales, es decir padrinazgo. Sin padrinos, sin “Quien-te-Indique” (QI), sin la rosca pues, no hay becas, no hay maestrías, no hay doctorados. Es por eso que la mayoría de las instituciones que otorgan y/o aprueban las becas apelan al anonimato. No pueden ser transparentes. Claro, como en todo, hay excepciones, estamos hablando de tendencias, siempre hay un 10% que le hace un huequito al sistema y escapan a la tendencia. Son los “out layers”.

Segundo, y lo que es más importante, “capital social” (la rosca pues). Si no tienes capital social, estás “antojodido”. Por más capital cultural que tengas, por más grados académicos que tengas, por más autoridad aunque sea simbólica que tengas, no accederás a la dirección de ninguna institución de importancia, no dirigirás ninguna biblioteca importante. Siempre estarás navegando en el limbo, en los márgenes de la esfera de los poderes institucionales fácticos. La base del poder no se deriva apenas de la riqueza material y cultural sino de la capacidad de los actores de transformarlos en capital social y capital simbólico. Es decir, otras formas de poder muy sutiles, ocultas, pero responsables del mantenimiento y reproducción del capital cultural y social. La rosca opera de forma muy sutil, escondida, no transparente.

Para ser considerado un “forjador”, o un “impulsor” de la bibliotecología, no es simplemente tener como “principal objetivo rescatar las actividades y los aportes de las figuras que iniciaron o fortalecieron acciones y proyectos que conformaron el movimiento bibliotecario latinoamericano. A veces fueron pequeñas tareas; a veces, grandes aspiraciones, pero cada empeño fue modelando la bibliotecología regional…” como se sugiere en “Forjadores e impulsores de la bibliotecología latinoamericana: Colombia” (Morales Campos et al, 2016, p. vii). El proceso es mucho más complejo que esta simplificación facilista.

Para nadie es un secreto que la bibliotecología latinoamericana es la hija putativa de la bibliotecología funcionalista americana y que ese funcionalismo putativo se implantó también en Colombia, y en los demás países latinoamericanos por los años 50s y 60s, vía las escuelas de bibliotecología, cuyos impulsores iniciales fueron formados en, o procedían de, la bibliotecología funcionalista americana. ¿Estos practicantes y continuantes de una bibliotecología funcionalista son entonces los “forjadores” e “impulsores” de la gran BCI colombiana? ¿Y es a estos funcionalistas a los que les rendimos homenajes y los tornamos en autoridades y forjadores de una bibliotecología funcionalista?1

Por otro lado, tampoco es secreto que para ocupar puestos de dirección o tornarse profesor en una escuela de bibliotecología hay que poseer relaciones sociales. Existen muchos ejemplos de personas que aun no habiendo estudiado bibliotecología por efectos de las relaciones sociales, del QI (quien te indique), se transformaron en profesores de las escuelas de bibliotecología. Yo recuerdo a algunos colegas en Brasil que se arrancaban los cabellos cuando asistían a la toma de posesión de profesoras(es) que recién salían de la graduación y aquellos que ya tenían maestría o doctorado eran olímpicamente ignorados y marginados. Recuerdo algunas(os) profesoras(es) de las instituciones más representativas de América Latina que “no se querían acordar de cómo fueron nombradas(os) profesoras(es), cómo se transformaron en profesoras(es)”. Siempre es mejor olvidar. Siempre se preferirá decir “me nombraron profesor(a)”, que decir, “me hice nombrar profesor(a)”. Los eufemismos son sutiles y útiles. Y eso tampoco es un secreto en Colombia. Si los “mejores” siempre fuesen los escogidos para dirigir las instituciones o los destinos de las bibliotecas, archivos y museos, otro sería el oscuro destino de esas instituciones culturales, no carecerían de las deficiencias que muestran en este momento y serían unas panaceas. Pero el mundo social no opera de esa manera.

La realidad es que las sociedades Latinoamericanas, no importa que esta se llame Perú, Colombia, Brasil o México, funcionan bajo un sistema de corrupción disimulada donde lo más importante no es la calidad de la formación académica alcanzada, no es la calidad del desempeño profesional del bibliotecario, lo más importante es el QI (quien te indique), eso es una realidad cantada a voces, comentada en los pasillos, nunca dicha ni afirmada abiertamente, pero que todos conocemos. Para confirmarlo basta recoger los nombres de los directores de las bibliotecas nacionales, de las bibliotecas de los congresos locales, de las bibliotecas universitarias, etc. etc. etc. un largo etcétera.

El libro “Forjadores e impulsores de la bibliotecología latinoamericana: Colombia” como toda “antojolía” lo que refleja es, en primer lugar, las preferencias, simpatías y las redes de relaciones sociales que las coordinadoras del libro cultivaron en sus trayectorias. Este libro muestra apenas a los ocupantes de puestos (cargos administrativos) facilitados por el capital social más que por merecimientos. Como en todo hay las excepciones pero son pocos. Lo bueno es que presenta una adecuada descripción del desarrollo de la bibliotecología en el país, pero también existen medias verdades. Por ejemplo, se afirma que “El movimiento colegiado de los bibliotecarios está representado, entre otras asociaciones, por el Colegio Colombiano de Bibliotecología (ASCOLBI), que asume la defensa de los pronunciamientos disciplinarios y establece nexos con la sociedad, con las instancias de gobierno y entre los propios profesionales” (Morales Campos et al, 2016, p. xiii). Sin embargo, no se conocen pronunciamientos de ASCOLBI frente a la ocupación de cargos por no-bibliotecólogos en algunas instituciones importantes para el país como la Biblioteca Luis Àngel Arango del Banco de la República, la Biblioteca Nacional de Colombia, la Biblioteca de la Universidad EAFIT, etc., etc. También es notorio el silencio de ASCOLBI frente a la no representación de la propia ASCOLBI o de las autoridades de las escuelas de bibliotecología o siquiera de las asociaciones de bibliotecarios o de los empleados de las bibliotecas, en los comités de selección de los “gestores de información” en las principales instituciones y/o universidades del país. Los más recientes son los casos de la Biblioteca de la Pontificia Universidad Javeriana y de la Biblioteca de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, cuyos comités de selección de directores de bibliotecas no tenía especialistas en cuestiones de información y bibliotecología, pese a que para esos puestos se estaban seleccionando especialistas en “bibliotecología y ciencias de la información”. Como vemos, el QI opera con suceso.

Por otro lado, si de forjadores se trata, siguiendo los preceptos establecidos por este libro, deberían aquí figurar todos los directores de las escuelas de bibliotecología del país, así como todos sus profesores. Sin embargo, lo que se constata es la ausencia de estos y su concentración en apenas aquellos residentes en Medellín, ciudad que es la sede de la Escuela Interamericana de Bibliotecología, es decir, refleja apenas la “antojolía” de esta región. Es notoria la marginación y olvido de, por ejemplo: Adriana Ordoñez Paz, Beatriz Céspedes, Carolina Rozo Higuera, Hugo Noé Parra, Liliana Herrera Soto, Luz María Cabarcas, Ruth Elena Vallejo, Marina Rodríguez García, Martha Helena Medina, Nelson Pulido Daza, Silvia Prada Forero, entre muchos otros bibliotecólogos que algo habrán aportado al desarrollo de las bibliotecas desde la formación o la gestión de la información.

Para volver a la pregunta inicial: ¿Qué cualidades, condiciones o variables serían necesarios tener en cuenta (llevar en consideración) para clasificar a una persona como una autoridad, o un “forjador”, o un “impulsor” en el campo de la BCI?

Si se trata de “forjadores” e “impulsores”, siguiendo a Gramsci (2000) preferiría a los bibliotecarios orgánicos, aquellos pensadores que rompan con las estructuras funcionalistas enquistados en las escuelas de BCI, aquellos que renuevan las formas de hacer y practicar una ciencia bibliotecológica nueva; aquellos que establecen conexiones orgánicas con las mayorías desplazadas que habitan las márgenes de las ciudades, los getos de las grandes urbes, los marginalizados de las escuelas, los desplazados del sistema educativo, los desplazados del pensamiento y del saber; aquellos envueltos en re-modelar la política de las escuelas de bibliotecología, de las organizaciones asociativas, de los sistemas de información, de las bibliotecas, de los archivos de los museos, del mercado editorial, de las nuevas tecnologías de la información; aquellos envueltos en desarrollar una pedagogía popular y una pedagogía de la movilización que permita la disolución y transformación de las diferencias en la sociedad civil y las esferas públicas, de tal manera que permita la construcción de una política de la tolerancia y la democratización de la cultura y facilite un acceso verdadero a las fuentes del conocimiento. Solos o en alianzas estratégicas con otros sectores de la sociedad civil, como educadores, abogados, economistas, sociólogos, etc. (Urbizagástegui, s.d.) A estos son a los que propongo como impulsores y forjadores.

Por otro lado, no debemos olvidar que el funcionamiento del campo de la BCI produce y supone una forma específica de intereses (Bourdieu, 1983b). Estos intereses hacen que estos forjadores e impulsores de la BCI colombiana se reduzcan solamente a una región, la región de los interesados en querer consolidar su condición de “autoridades” y “forjadores”. Los juicios de valor sobre las capacidades de quienes pueden ser o no ser considerados “forjadores” están contaminados por la posición que ocupan las(los) evaluadoras(res) en las jerarquías ya instituidas dentro del campo, donde es inútil querer distinguir determinaciones propiamente académicas de las determinaciones propiamente de sociales. Aquellas(os) que se creen “forjadores” e “impulsores”, serán los que consiguen imponer la definición de la BCI colombiana (o mexicana, peruana o brasilera) según la cual su realización más acabada consistirá en tener, hacer y practicar la BCI que ellos saben, hacen y practican. Una práctica funcionalista en el sentido del “funcionalismo” de la escuela americana que no es otra cosa que el interés de estas “autoridades” en hacerla parecer adecuada y necesaria al campo. En este sentido, la publicación de este libro, como una hagiografía de la BCI colombiana, refuerza una ortodoxia dentro del campo bibliotecario, reforzando además jerarquías establecidas en el pasado, consolidando las tradiciones funcionalistas que las acompañan buscando asegurar y reproducir un reconocimiento futuro.

Finalmente, para concluir con mi visión personal de los forjadores de la bibliotecología colombiana y Latinoamericana. Los forjadores de la bibliotecología Latinoamericana para mí también son esos seres desconocidos (que no son de, ni están en, la rosca), cuyos nombres no aparecen en las páginas web de las bibliotecas, esos seres invisibles, a los que no se los ve, “no se los quiere ver”. Hablo de los clasificadores, catalogadores, indexadores (los organizadores de la información y el conocimiento), esas hormiguitas sin cuyo trabajo cotidiano no habría bibliotecas, no habría museos, no habría archivos, no habría centros de documentación; no habría bases de datos en línea, no habría acceso a la información. Sin el trabajo de esas hormiguitas invisibles, se dificultaría el trabajo de los seleccionadores, de los desarrolladores de colecciones, de los referencistas, no habría gestores de la información, no habría “forjadores” ni “impulsores” de una práctica bibliotecológica cotidiana. Esas hormiguitas no tienen rosca, no son de la rosca y por eso hasta tienen menos salarios que los “vendedores de cebo de culebra” que son los llamados “gestores de la información”. A esas hormiguitas invisibles dedico mis homenajes. Como decía Mao-Tse-Tung “que se abran cien flores y compitan cien escuelas”, pues sin masas, sin pueblo, no hay historia. No hay forjadores ni impulsores, no hay bibliotecología que merezca la pena de ser estudiada y practicada como una ciencia. La ciencia bibliotecológica, como toda ciencia social y práctica educativa comprometida con un conocimiento democrático, debe servir también para develar las estrategias ocultas de la auto-nominación y del auto-ensalzamiento.


Notas

1 El funcionalismo es un paradigma teórico según el cual las sociedades son sistemas complejos cuyas partes se complementan buscando el equilibrio y la estabilidad social. Una teoría donde no hay espacio para la transformación, el cambio estructural o las revoluciones sociales. Para una exploración más detallada referida a las bibliotecas y sistemas de información, consultar Urbizagástegui (1992, 1994).

 

Referencias bibliográficas

Bourdieu, P. (1983a). O Campo Científico. En: Ortiz, R. (ed.) Pierre Bourdieu. São Paulo: Editora Ática, p. 122-155 (Grandes Cientistas Sociais, n.39)

Bourdieu, P. (1983b). Campo del poder y campo intelectual. Buenos Aires: Folios.

Morales Campos, E., Naranjo Vélez, E. y Rendón Giraldo, N. E. (coords.) (2016). Forjadores e impulsores de la bibliotecología latinoamericana: Colombia. México: Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas y de la Información, Universidad Nacional Autónoma de México.

Morales Campos, E. (2006). Forjadores e impulsores de la bibliotecología latinoamericana. México: Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas: Dirección General de Bibliotecas.

Gramsci, Antonio (2000). Los intelectuales y la organización de la cultura. Buenos Aires: Nueva Visión, 2000.

Urbizagástegui, Rubén. Reflexiones sobre el estado, la ideología, las bibliotecas y los bibliotecarios orgánicos. Recuperado de https://www.academia.edu/1360855/REFLECCI%C3%93NES_SOBRE_EL_ESTADO_LA_IDEOLOG%C3%8DA_LAS_BIBLIOTECAS_Y_LOS_BIBLIOTECARIOS_ORG%C3%81NICOS

Urbizagástegui Alvarado, R. (1994). Democratizar la sociedad para democratizar las bibliotecas. Revista Paraguaya de Sociologia, 31(91), p. 191-197.

Urbizagástegui Alvarado, R. (1992). El rol de las bibliotecas: un análisis de dos paradigmas sociológicos. Investigaciones bibliotecológicas, 6(12), p. 34-41.

 

 

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